lunes, 4 de mayo de 2009

63. La hoja de cristal (y II)

En la anterior entrada, nos ocupábamos de una primera parte de la serie que John Bartlow Martin publicó en el Post en 1956, base del libro “The pane of glass” editado en 1959. Con esta completaremos la presentación.

III. Nunca la pondremos bien. La tercera entrega de la serie se ocupó del caso de Sally Bennett, la mayor parte relatado según sus propias palabras, que era descrita como una “joven, atractiva y víctima sin esperanza de la esquizofrenia, la enfermedad de la doble personalidad”. Era su segundo ingreso. El anterior 4 años antes, en 1952, estuvo ingresada 5 meses y fue tratada con insulina y electrochoques que en esta ocasión le aterrorizaban.

Puede resultar interesante, no tanto la descripción sintomatológica que, coma más o coma menos, puede ser atribuida a la gran mayoría de pacientes paranoides de hoy en día, sino el debate que se establece entre el psiquiatra y la paciente. El primero interesado en atribuir los síntomas a “la naturaleza actuando dentro de ti” y negar cualquier existencia de complots amenazantes en el exterior. La paciente invocando a la libertad individual de expresión y religión, y por tanto de creer o no en lo que sea y de estar de acuerdo o no con quien sea. “Desde niña… nunca me gustó este lugar… ¿cómo puede una persona vivir así (señalando los pacientes en el hall). Me gusta ver algo limpio y agradable, no fregonas y viejos escobones sucios en viejos e indecentes suelos”.

En esta ocasión se ensayarían la clorpromazina y azaciclonol, recientemente introducidos en el mercado. Recordemos que la reserpina se utilizó por primera vez en Estados Unidos en 1953 (aunque la Rauwolfia Serpentina, de donde se extraía, ya se reconocía desde tiempos inmemoriales como de utilidad para los enfermos mentales en lugares tan distantes entre sí como India, Guatemala o Colombia). La clorpromazina, (sintetizada en 1950 en Francia por Charpentier) empezando a utilizarse en 1952, pasó después a Estados Unidos donde se aprobó su uso en 1954. En relación con los nuevos recursos terapéuticos, el libro hace referencia al declinar observado en el número de camas hospitalarias a partir de la introducción masiva (en 1955) de la reserpina y clorpromazina, también reconociendo que en esos años coincidieron igualmente una inexplicable menor proporción de ingresos geriátricos y por alcoholismo. Si para unos esto era debido al efecto directo de los psicofármacos, otros lo relacionaban a otros factores como el aumento de personal asistencial y los abordajes grupales, que en algunos lugares hicieron que esa disminución en la ocupación se hiciera evidente año y medio antes de la llegada de los nuevos fármacos. En cualquier caso, se abrió el debate entre aquellos que atribuían la enfermedad a causas estrictamente orgánicas y los partidarios de etiologías más psicológicas. Y en esas seguimos.

El Dr. Benjamín Kovitz dirige la plantilla médica del hospital. Con delicadeza, incisivamente, explora la mente de un paciente que, como Sally Bennett, vive en su propio y privado mundo.

En el pabellón 5, la cuidadora Dorothy Day lleva medicamentos que pueden aliviar los síntomas de tres de sus pacientes –pero con pocas posibilidades de curarlos. En ocasiones el propio hospital ayuda más que las pastillas, simplemente al actuar como refugio frente a un mundo que los pacientes no pueden enfrentar.


IV. El psiquiatra trabajando. Pocos atractivos materiales ofrecía el manicomio, aunque ocasionalmente la recompensa era alta: “una vida salvada”. No nos extenderemos en la multiplicidad de tareas administrativas y de tutoría sobre los pacientes que un psiquiatra de la época realizaba, aunque no me resisto a incluir una anécdota relatada sobre el Dr. Smith. Este, como otros colegas, vivía dentro del recinto hospitalario con su familia, le gustaba cazar y criar faisanes ornamentales. Además, tenía un mono al que llevaba los sábados por la mañana al parque público para estudiarlo. “Tengo la impresión de que todo el trabajo de investigación se ha llevado a cabo en primates enjaulados. Si los dejas salir de sus jaulas, cambian completamente”. Más allá de lo divertido del caso, ¿pudo el Dr. Smith entender lo fundamental de su pensamiento al trasladarlo a los seres humanos?.

El Dr. Julius Kolacskovsky y la cuidadora Gladis Allen pasan visita en un pabellón de mujeres desorganizadas.

En el pabellón 11, la Dra. Mary Hippert charla con unas adolescentes, quiénes comparten espacio con mujeres mayores ya que no hay otro sitio para ellas. Estos pabellones de mujeres son más ruidosos que los de hombres –con más gritos, lloros salvajes y risas escandalosas.

Ingreso: una nueva paciente (izquierda) es entrevistada por el Dr. Gordon Smith. Será enviada al pabellón 13, el de ingresos. El trabajo del Dr. Smith es conocerle y empezar su tratamiento.

Alta: El Dr. Robert Dane (atrás) observa a uno de sus pacientes dejar el hospital para ir a casa. El estudiante de enfermería Walter Courson echa una mano a la esposa del paciente.


V. ¿Por qué estoy aquí, Doctor? Relata la vida antes del ingreso de cuatro de los 2.700 pacientes en el hospital de Columbus, así como lo que se hacía allí para ayudarles: electrochoque, psicocirugía para evitar la generación de emociones por las ideas patológicas (entonces ya en progresivo desuso), las nuevas promesas farmacológicas (clorpromazina y reserpina). Para otros muchos la ayuda se limitaba simplemente el asilo (comida y cama), sin recurso a ningún otro tipo de tratamiento ni anotación alguna durante años en su historia clínica. La única foto que se incluye en el artículo de esa semana habla de otro tipo de trabajo, el social o comunitario, que también se realizaba con algunos pacientes.


El padre John Grady, capellán para los enfermos mentales. Fue él quien encontró un internado para “Peter”, uno de los pacientes infantiles del hospital.


VI. La lucha para curar. Capítulo que cierra la serie, exponiendo algunos de los pasos dados en la búsqueda de soluciones frente a la enfermedad mental. En un momento en que la precariedad y los recortes presupuestarios eran la tónica dominante, el tema de los hospitales mentales fue uno de los más importantes de esa legislatura. Menninger defendía que la reducción de camas observada en Kansas durante los últimos años era debida a que en 1949 se empezó a invertir dinero, no en edificios sino en médicos, con programas de formación propios, así como se triplicó igualmente el número de enfermeras y cuidadores.

Junto a ello resonaban con mayor intensidad voces demandando abordajes comunitarios que permitieran el desalojo institucional progresivo (en esos momentos EEUU tenía 3 camas psiquiátricas por cada 1000 habitantes, mientras la Organización Mundial de la Salud recomendaba solamente una por cada 1000 como adecuada), así como se llamaba la atención sobre las necesarias mejoras ambientales, ocupacionales y recreativas de los pacientes. Todo ello dirigido a superar la terrible situación vivida en esos momentos y reflejada incontestablemente en el artículo, como el caso del cuidador que encerraba en el cuarto de baño, de pie durante todo el día, a la mitad de los internos por incontinencia, para que no mancharan el resto del pabellón.


La hora de acostarse en este abarrotado dormitorio son las 6:00 p.m.. Estos pacientes son casos asilares. Reciben poco o ningún tratamiento psiquiátrico.


Fotos © Larry Keighley/The Post

Además, otros avances en el campo de la medicina hacían que los manicomios se vieran libres de un considerable número de pacientes crónicos que habían encontrado tratamientos adecuados y eficaces para su enfermedad, de la que los síntomas mentales eran sólo un fenómeno secundario. Fueron la pelagra y el descubrimiento de su origen alimenticio, la penicilina que disminuyo drásticamente el número de enfermos con sífilis terciaria, el cretinismo y su tratamiento tiroideo, los antiepilépticos, todo ello causa igualmente de la disminución de la población asilada.

El libro, publicado con posterioridad a la serie del Post, concluye recogiendo además la situación observada cuatro años después de la primera visita. El descenso observado en el número de pacientes hospitalizados en Ohio, como en otras partes, es atribuido al incremento de personal asistencial, los nuevos fármacos y un mayor esfuerzo por parte de los Servicios Sociales en búsqueda de alojamientos comunitarios alternativos. Sally Bennett, tras 7 meses de ingreso, estaba de alta en tratamiento con clorpromazina. Sam Adams, aquel que quería “atrapar sus nervios” en el pabellón 8, cogió tuberculosis y se trasladó a la casita para tuberculosos. Barbara Little, con dos psicocirugías a sus espaldas, todavía seguía en el pabellón 15. De Peter Bell, el niño, no se supo nada tras su alta el 30 de julio de 1956.

Hubo quien años después se interesó en hacer el seguimiento de la situación revisitando el hospital. Permanezcan atentos a sus pantallas porque antes o después lo recordaremos aquí.



BIBLIOGRAFIA.




Martin, J.B. Inside the asylum (III). We'll never make her well. The Saturday Evening Post Magazine. 20 octubre 1956: 42-43, 85-86, 91.




Martin, J.B. Inside the asylum (IV). Psychiatrist at work. The Saturday Evening Post Magazine. 27 octubre 1956: 44-45, 81-84.



Martin, J.B. Inside the asylum (V). Why am I here, Doctor? The Saturday Evening Post Magazine. 3 noviembre 1956: 36, 143-144, 146.




Martin, J.B. Inside the asylum (VI). The struggle to heal. The Saturday Evening Post Magazine. 10 noviembre 1956: 36, 127-130.




Martin, J.B. The pane of glass. Harper & Brothers. New York, 1959. Hay una edición del mismo año de Victor Gollancz, London.




Martin, J.B. A better break for the mentally ill. Harpers. Febrero 1959: 58—64.





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