martes, 6 de abril de 2010

132. Y va de terremotos...


Me acabo de enterar. Un fuerte seísmo (sismo dicen por allí) ha sacudido Baja California, al norte de México. La casualidad ha querido que anden por esos pagos unos buenos amigos, visitando a su hija que hace un tiempo cambió las alubias de Gernika por el chili con carne y la tortilla de patatas por tacos y burritos variados. Afortunadamente se encontraban a muchos kilómetros de distancia, y solo ha sido un susto. Pero me ha hecho pensar en que llevamos varios “sustos” de estos últimamente.

Me han venido a la cabeza las imágenes de Haití y el psiquiátrico de Puerto Príncipe, de lo que hablamos en la entrada 119. Luego Chile. Me pregunto si en esta ocasión alguna de las instituciones psiquiátricas de la zona ha sido afectada, recordando que en situaciones de desastres, naturales o provocados (como las guerras de las que hablábamos en las entradas 48 y 66), son precisamente las poblaciones más desfavorecidas y desvalidas las que los sufren con mayor intensidad, precisamente por su falta de autonomía y recursos personales.

Hace un tiempo me hice con unas interesantes imágenes estereoscópicas que hoy me vienen como añillo al dedo para preparar esta entrada. Son imágenes de otro famoso terremoto, cercano geográficamente al que hoy nos referimos, el de San Francisco en 1906.

En catástrofes colectivas, al dolor por la pérdida de seres queridos propios o en solidaridad con vecinos y amigos, se une el sentimiento de desprotección, pérdida del hogar y valiosas pertenencias (económicas o emocionales), masificación y necesidad de garantizar las mínimas necesidades de supervivencia (alimentación, abrigo, higiene…). Un caldo de cultivo propicio para la descompensación de enfermedades mentales preexistentes o la aparición de otras nuevas. El trastorno por estrés postraumático es un buen ejemplo de ello.


Terremoto de San Francisco. 18 abril 1906. Depósito de suministros y campamento de refugiados en la Plaza Hamilton.

Una de las primeras tareas a garantizar en una catástrofe de masas, es un sistema de información eficiente, actualizado y concreto, que ayude a la población a localizar posibles víctimas, saber en todo momento como actuar y dónde buscar ayuda. Seguidamente un servicio de correos que permita poner en contacto a miembros familiares en la distancia es otro de las actuaciones preventivas de mayor interés de cara a mitigar en lo posible la angustia asociada a la falta de información. Obviamente hoy en día este tipo de servicio se realiza de forma más eficiente a través de medios telemáticos e informáticos, lo que hoy me ha permitido tranquilizarme con un simple mensaje de teléfono e informarme de la extensión de lo sucedido consultando en Internet los propios periódicos mexicanos.


Terremoto de San Francisco. 18 abril 1906. Oficina de Correos en el campamento de refugiados en la Plaza Hamilton.

Además del sufrimiento psicológico sufrido por el resto de la población general, los enfermos mentales son un colectivo doblemente expuesto a las consecuencias de una catástrofe. Muchos de ellos, dependientes de segundas personas, pueden tener importantes dificultades para paliar sus necesidades en caso de que sus allegados o cuidadores fallen. Otros, se verán doblemente dificultados para manejar el desbordamiento emocional. Un riesgo añadido y no infrecuente es la escasez de fármacos que, si no son vistos como de primera necesidad y se garantiza su suministro, propiciarán recaídas en uno de los peores momentos contextuales para los pacientes. Similares dificultades para acceder a bebidas alcohólicas y otros tóxicos pueden propiciar un aluvión de síndromes de abstinencia frente a los que los servicios de emergencia deben estar igualmente preparados.

Pero además, los propios hospitales psiquiátricos no están libres de sufrir las devastadoras consecuencias de un temblor de tierra. Es lo que ocurrió en 1906 con el Agnews Insane Asylum, cercano a San Francisco.


Terremoto de San Francisco. 18 abril 1906. Pacientes acampados en los terrenos del derruido manicomio de Agnews.

Construidos de forma negligente pocos años antes (1889), varios edificios del hospital se vinieron abajo con el terremoto, siendo posteriormente denunciada su pésima fábrica. Entre sus ruinas perecieron unas 120 personas, la gran mayoría pacientes junto a una decena de empleados, incluido el supervisor médico y su esposa.





Imágenes del hospital tras el terremoto

Los primeros momentos fueron lógicamente de gran caos, añadiéndose a los gritos de los heridos el supuesto temor a la peligrosidad de los internos tan dramáticamente liberados. Los testigos de esos primeros momentos relatan como los enfermos “peligrosos” fueron atados a los árboles para garantizar que no salían corriendo al amparo del desorden reinante. Posteriormente, un centenar de los más violentos fueron conducidos, custodiados por guardias armados, en un tren especial al Hospital Estatal de Stockton.



Los periódicos amplificaron la noticia de acuerdo al estereotipo imperante del loco furioso y fuera de control, asegurando que cientos vagaban inquietantemente a sus anchas por los alrededores. Otras críticas fueron dirigidas a los propios trabajadores, más ocupados en rescatar y atender a sus compañeros, que en preocuparse por la situación en la que se encontraban los enfermos. Hubo incluso quien fue más allá y en el Seattle Times publicó una truculenta historia acerca de una revuelta de 300 internos amotinados que mataron a 11 auxiliares, debiendo ser tiroteados para controlar la revuelta. Conducidos a prisión, no faltó quien machacó el cráneo de algún otro desventurado compañero a la vista de la sangre, todo ello entre un terrorífico clamor de gritos de terror, narraba el mentiroso redactor.

En cualquier caso, un terrible drama humano que ostenta el triste record de ser el lugar concreto con un mayor número de víctimas del terremoto, pero que pasó relativamente desapercibido ante las noticias que llegaban de ciudades más importantes como San Francisco.

El hospital tuvo que ser demolido, reedificándose uno nuevo según el modelo de pequeños pabellones separados al estilo de pequeñas casas de campo.

El infortunio no abandonaría a la institución, sufriendo en 1956 una impresionante inundación.

Tras ser dedicado en los años setenta a personas con trastorno de desarrollo, el hospital permaneció en funcionamiento hasta 1998, año en que fue finalmente abandonado.



En pleno corazón de Silicon Valley, poco después Sun Microsystems compró el lugar y rehabilitó cuatro de los edificios históricos, reocupándolos con sus oficinas. Aún así la leyenda urbana sigue persiguiendo negativamente al lugar, habiendo quien asegura escucharse los quejidos y lamentos de las decenas de almas que fueron apresuradamente enterradas en fosas comunes en terrenos del siniestrado hospital y que ahora campan a sus anchas embrujando los nuevos edificios.


BIBLIOGRAFIA.

Fradkin, P.L. The great earthquake and firestorms of 1906: how San Francisco nearly destroyed itself. University of California Press, 2005. Accesible parcialmente aquí










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