jueves, 24 de junio de 2010

148. Unas psiquifotos para el primer neuroléptico antipsicótico.


Un aspecto curioso que podemos encontrar en la intersección entre la fotografía y la psiquiatría, es la visión que la primera presta a la segunda a la hora de utilizarse con fines publicitarios y de apoyo a la comercialización de un psicofármaco. Ahora me arrepiento de no haber ido recolectando esa pila de folletos en cartoncillo couché con que me han abrumado los visitadores médicos a lo largo de estos años ¡Quién me iba a decir que me entraría ahora esta manía psiquifotera!

Conservo en mi recuerdo imágenes que muchas veces poco o nada tienen que ver con la realidad asistencial en el día a día, y si más con la prensa del corazón y sus modelos. Quizás algún día pueda hacer una entrada con una selección de esos retratos. Hoy, sin embargo, tenemos la suerte de contar con la colaboración de mi buen amigo Juan Medrano, psiquiatra, guitarra y voz de los Beautiful Brains y uno de los incombustibles impulsores del aclamado Txori-Herri Medical Journal (órgano de expresión de la Txori-Herri Medical Association), entre otras insólitas aficiones.

Hace escasos días, Juan presentó en el Colegio de Médicos de Bilbao un interesante trabajo que, bajo el complejo título de “otros usos de los antipsicóticos”, se apoyaba en diferentes ejemplos de publicidad de la época del primero de los neurolépticos comercializados a principio de los años 50. Ese producto era la clorpromacina, bajo la advocación de Largactil por estos pagos o Thorazine para los anglosajones.

Aunque la presentación no iba dirigida específicamente a la recogida y comentario de ejemplos de psiquifotos publicitarias, el gran número de ellas presentes en la revisión hizo que le pidiera a Juan un texto resumido para incluir su trabajo en “Imágenes de la Psiquiatría”. Seguro que más de uno encontrará un cierto interés académico añadido, además de ampliar material fotográfico al fondo “psiquifotero”.

Por una especie de acuerdo tácito, los psicofármacos se dividen en diferentes familias que se supone tienen una acción diferencial correctora de los síntomas propios de un determinados grupo de patologías. Así, se habla de antipsicóticos, antidepresivos, ansiolíticos, reguladores del humor o hipnóticos. Sin embargo, el uso de estos medicamentos es más amplio, en parte porque los clínicos aprovechan sus perfiles de acción para aplicarlos a otros trastornos y en parte porque la industria se ha esmerado en incitar al prescriptor a utilizarlos en indicaciones (aún) no autorizadas, al menos en los tiempos en que no estaba explícitamente prohibido por la ley.

Esta tendencia no es nueva. Ya en los albores de la Psicofarmacología los diferentes productos se empleaban con profusión en indicaciones dispares y, para que nos entendamos, que distan entre sí muchas páginas de los sucesivos DSMs. Era algo natural porque no se creía en la especificidad de acción. Tan es así que el primer neuroléptico (aunque las modas profesionales y comerciales aconsejarían decir el primer antipsicótico), la clorpromazina, debe su nombre comercial original a la idea de su amplia acción (Large Action: Largactil).

Esta selección de anuncios de hace entre 45 y 55 años lo demuestra. El laboratorio fabricante, celebraba hace más de 55 años que 1953 había marcado un hito en la “quimioterapia” con la aparición del Largactil, una molécula que era capaz de confirmar en la clínica sus “actividades experimentales múltiples” (Fig. 1). Y es que aunque ha pasado a la historia por su acción antipsicótica ejemplificada en el control de la ideación delirante de complot político tan típica del punto álgido de la Guerra Fría (Fig. 2), y aunque se repita hasta la saciedad que gracias a la clorpromazina y a los fármacos que la siguieron fue posible la desinstitucionalización de un gran número de pacientes psicóticos (Fig. 3 a 5) o un uso menos indiscriminado y más sensato de la Terapia Electroconvulsiva (Fig. 6), los médicos y los fabricantes fueron capaces de reconocer que sus amplios efectos podrían ser explotados clínica y comercialmente.



Figura 1.


Figura 2.


Figura 3.


Figura 4.


Figura 5.


Figura 6.

La potente acción sedativa del fármaco se aplicó desde momentos muy tempranos a los pacientes psicóticos agitados (Fig. 7) o en la sedación en general (Fig. 8), y no tardó en aplicarse a los trastornos de conducta de la demencia, aunque por entonces no se los llamase así (Fig. 9 a 12). Y como en una aplicación del adagio jurídico de lo que puede lo más puede lo menos, también se preconizó el uso de la clorpromazina para tranquilizaciones menos drásticas, como en su uso para el estrés (Fig. 13), o en trastornos de ansiedad. Curiosamente, la publicidad sugería adecuar el tratamiento a la intensidad de los síntomas, de manera que los cuadros más leves podían tratarse con un producto menos enérgico, la proclorperazina o Compazine y los más severos deberían abordarse con clorpromazina (Fig 14). Eso sí: convenía remarcar que el medicamento conseguía una rápida y, con ella, la incorporación del paciente a su trabajo a pleno rendimiento (Fig. 15).


Figura 7.


Figura 8.


Figura 9.


Figura 10.


Figura 11.


Figura 12.


Figura 13.


Figura 14.


Figura 15.

Pero no conviene olvidar que la acción psicotrópica de la clorpromazina fue un hallazgo casual, una chiripa, lo que ahora se denomina una serendipia. Lo que Laborit perseguía cuando a introdujo en Anestesia era yugular reacciones vegetativas intensas. No tiene nada de extraño, por lo tanto, que se emplease para prevenir el vómito en intervenciones quirúrgicas (Fig. 16) y como antiemético en general (Fig. 17), incluso en niños (Fig. 18). Desde la cabeza de puente del tratamiento de los vómitos, la clorpromazina se lanzó a la conquista de la terapéutica de la esa clínica gastrointestinal vaga, tan molesta como funcional (Fig. 19) y, por supuesto, de los vómitos relacionados con el cáncer (Fig. 20), enfermedad en la que se le suponía una acción también sobre la angustia psíquica (Fig. 21).


Figura 16.


Figura 17.


Figura 18.


Figura 19.


Figura 20.


Figura 21.

No olvidemos que en los años 50 estaban muy en boga las teorías psicosomáticas, tanto las sensatas (Selye) como las insensatas (Alexander). Si reconocemos factores psicológicos en la génesis de estas patologías, nada tiene de extraño que la clorpormazina se emplease para reducir el estrés supuestamente desencadenante del asma (Figs. 22 y 23). En otras enfermedades físicas, como la artritis, la clorpromazina, según sus anunciantes, conseguía reducir el dolor y el malestar de los pacientes (Fig. 24), algo que también era capaz de hacer su versión light, el Compazine (Fig. 25).


Figura 22.


Figura 23.


Figura 24.


Figura 25.

Pero volviendo a los usos propiamente psiquiátricos, la clorpromazina se utilizó en el alcoholismo agudo (Fig. 26), aunque el tratamiento de fondo, del problema crónico era objetivo de nuevo del Compazine (Fig. 27). Una alternativa era el Thora-Dex, una combinación de clorpromazina y dexedrina que con arreglo a los criterios farmacológicos actuales es una barbaridad pero que al parecer tenía gran éxito en los años 50 y 60 en el tratamiento del alcoholismo y de las neurosis (Fig. 28). Más aún, la publicidad de la época recomendaba este combo para el tratamiento de la depresión, reflejando ya por entonces al antes y después del tratamiento que se observaba al aplicar el milagroso medicamento (Figs. 29 y 30). Por último, y también de forma chocante para los conceptos y creencias actuales, la clorpromazina se proponía para el tratamiento de lo que hoy llamaríamos trastorno por déficit de atención con hiperactividad (Fig. 31). Eso sí: en combinación con psicoterapia. Psicoterapia, al menos la verbal en el campo de la paidopsiquiatría, que de forma paradójica y muy posiblemente de forma inesperada para la compañía anunciante parecería muy dificultada si hacemos caso a la publicidad que aseguraba que con Thorazinelos niños se ven pero no se oyen desde 1952” (Fig. 32).


Figura 26.


Figura 27.


Figura 28.


Figura 29.


Figura 30.


Figura 31.


Figura 32.

Quien puso nombre al Largactil estuvo muy inspirado, desde luego. Pero más allá de esta evidente constatación, cabe preguntarse si no estaremos descubriendo la pólvora con la ampliación del uso de los modernos neurolépticos (perdón: antipsicóticos) a otras indicaciones. No es más que la persistencia, pasados más de 50 años de la conjunción de los intereses de los clínicos por encontrar remedios químicos para todo tipo de patologías y los de los fabricantes por expandir al máximo el uso de sus productos.

Y antes de despedirnos, un ruego. Muy gustosamente recibiré imágenes fotográficas, especialmente aquellas más antiguas, incluidas en campañas publicitarias de psicofármacos. Prometo con ellas otra entrada en el futuro.



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Descargo de responsabilidad: He utilizado las imágenes sin ánimo de lucro, con un objetivo de investigación y estudio, en el marco del principio de uso razonable - sin embargo, estoy dispuesto a retirarlas en caso de cualquier infracción de las leyes de copyright.

Disclaimer: I have used the images in a non for profit, scholarly interest, under the fair use principle - however, I am willing to remove them if there is any infringement of copyright laws.

4 comentarios:

Hofrat dijo...

Muy aleccionador. Y una manera muy interesante de hacer historia. Por cierto, y a la vista de algunas fotos, me imagino que estás al tanto de la existencia de una plataforma contra la medicalización de la infancia:
plataformaicmi@comunicar.e.telefonica.net

Pablo dijo...

Fenomenal, gracias por compartirlo. He visto en números que tengo de revistas de los 70 y 80, publicidad de fármacos parecida pero estas la superan.

JordiFreixas dijo...

Excelente.
Qué lástima haber tirado las revista que heredé de mi abuelo el tisiólogo. Recuerdo sobretodo los de "Diu-rauwiplus".

oscarmar dijo...

Jordi, pues con ese nombre no me extraña que los bacilos salieran corriendo. Suena a dinosaurio Rex por lo menos. :-)