viernes, 1 de octubre de 2010

155. Fort Randall.


Y hablando de hospitales abandonados, el otro día, sin pretenderlo, me encontré con unas curiosas psiquifotos que retrataban un edificio prefabricado con fines de hospitalización psiquiátrica. Eran las de un destartalado pabellón neuropsiquiátrico en Fort Randall (Navy Town o Cold Bay, Alaska), cuyas imágenes están disponibles en Internet en el Catálogo de fotografías y grabados de la Biblioteca del Congreso Americano.

Actualmente Cold Bay es uno de los principales centros comerciales de la península de Alaska. Tras la invasión nipona de las Islas Aleutianas durante la II Guerra Mundial, el General Simón Bolivar Buckner ordenó en 1942 la creación de Fort Randall. Una base aérea y naval en las costas de Cold Bay, construida como apoyo a la expansión del ejército norteamericano en la zona. Con la victoria en el Pacífico, las fuerzas allí destinadas llegaron a ser unos 20.000 soldados, que tuvieron que ser alojados en una gran extensión plagada de “Quonset Huts” (cobertizos metálicos prefabricados de forma semitubular).



Plano de Fort Randall (Navy Town). El complejo hospitalario de cabañas dispersas estaba interconectado por corredores de madera. Ese tipo de planificación, con las modificaciones necesarias para adaptarse a la topografía, se convertiría en habitual en las Aleutianas.

Las instalaciones de Cold Bay perdieron importancia estratégica rápidamente y para marzo de 1945 una parte considerable de ellas estaban abandonadas y en mal estado. Posteriormente fueron utilizadas en el proyecto Hula-Two, por el que unos 2.500 marinos rusos fueron capacitados en navíos norteamericanos durante unos meses de 1945. El hospital se convirtió entonces en un importante referente que atendió a personal americano y ruso. Tras la finalización de la guerra, se mantuvo una pequeña estación en el campo de aviación, cerrándose el resto que quedó marchitándose bajo la lluvia, viento y el mal tiempo de la región.

Las imágenes que hoy rescatamos se corresponden precisamente a uno de los pabellones de ese complejo hospitalario, no precisamente con la dedicación que nos viene a la cabeza cuando pensamos en hospitales de campaña, más fácilmente identificables con pabellones quirúrgicos y traumatológicos. Habitualmente, cuando hablamos de bajas militares, apenas reparamos en las previsibles víctimas y descompensaciones psiquiátricas, que sin embargo durante la II Guerra Mundial tuvieron que ser evacuadas en gran número a retaguardia a hospitales especialmente diseñados para ello (como el de Northfield en Inglaterra, cuna de grandes desarrollos en el campo de los tratamientos grupales). Pero volviendo a lo nuestro, las imágenes de las que hablamos son las de un pabellón neuropsiquiátrico que estuvo en uso durante el “Programa de Préstamo y Arriendo”, aunque no está claro si la instalación fue utilizada por personal estadounidense o ruso.

Iniciada su construcción en 1942, fue finalmente demolido en 1985. En 1984 el cobertizo sobrevivía como el último ejemplo en las Aleutinas de una construcción de este tipo con funciones de pabellón psiquiátrico. Si bien estaba casi en ruinas en ese momento, se mantenían todavía dos celdas intactas.



Plano del pabellón. Construido en acero, con los departamentos interiores de madera contrachapada, se iluminaba y ventilaba mediante seis ventanas de tipo buhardilla. En vez de la forma semicircular habitual, este cobertizo se diseñó con parte de sus paredes verticales de tal forma que pudiera ubicarse junto a un parapeto.



Vista, tomada desde la sala de cine, de la sección sureste del complejo hospitalario.



La sala de cine, posición desde la que se tomó la anterior fotografía, que fue construida con el fin de mantener la moral y favorecer la distracción psicológica de las tropas allí desplazadas.



Vista de la fachada sur del cobertizo del pabellón psiquiátrico.



Cortafuegos entre el pabellón psiquiátrico y el siguiente pabellón al sur.



Corredor de madera entre los pabellones del hospital.



Entrada, de tipo ártico, al pabellón.



Pabellón y corredores.



Detalle del cobertizo, mostrando la pasarela sobre la tundra que conectaba los pabellones que se unían a través de corredores cubiertos de madera.


Ahora, vete tú a saber si alguno de los allí atendidos, ruso, americano o nativo del lugar, lo fue por un achuchón de piblokto.


BIBLIOGRAFIA.



Martínez Azumendi, O. Los experimentos de Northfield y el Memorandum de S.H. Foulkes. Norte de Salud Mental. 2007. 29: 88–93. Accesible aquí.














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2 comentarios:

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