miércoles, 1 de abril de 2026

490. Entre el humor grueso y el estereotipo: doce psiquifotocromos y un cartel

Donde siempre he vivido teníamos dos cines cercanos —además del parroquial— en los que entretenernos de críos. El Gran Cinema, especializado en sesiones continuas de vaqueros, romanos y otras risas y aventuras, plagado de chiquillería y crujir de pipas. Y el Gurea, más formal, de sesiones numeradas y películas “serias” o de amor, donde se dejaban caer los mayores y las parejas en las filas traseras. ¿Y qué tiene que ver todo esto con Psiquifotos? Puede que la conexión suene un poco forzada… pero enseguida se verá por dónde va.

En aquella época, el tiempo de cada tarde libre no era infinito, pero casi. Y uno de los entretenimientos obligados consistía en pasar por una pequeña plazuela, casi equidistante entre ambos cines, para consultar sus carteleras, expuestas en sendas vitrinas. Desde allí arrancaba un pequeño peregrinaje de cine en cine para recrearse en las bondades que prometían los carteles: aquello que entonces resumíamos con un simple “ir a ver los santos” o “las fotos”, y que hoy sé que se llaman fotocromos o lobby cards para los más puestos, pero que dicho así pierde un poco la gracia.

Quienes vivieron aquellos tiempos reconocerán bien la escena. Para los demás, conviene explicar que “los santos” eran entre seis y doce cartones, generalmente bien sobados por el uso, con fotogramas en blanco y negro o en color seleccionados de la película. Acompañaban en sus bolos a los rollos de celuloide y se exhibían a la entrada del cine, permitiendo a los posibles espectadores hacerse una idea de lo que les esperaba dentro.







Ejemplo de "fotocromos", a la venta a través de Internet.

Junto a las “fotos” de la programación del día solía haber también un adelanto de lo que estaba por venir, bajo el siempre sugerente cartel de “próximamente”. Una especie de tráiler estático que nos permitía fantasear con la siguiente sesión. Y si además caía en tus manos un programa de mano —con la imagen del cartel oficial en tamaño reducido—, el plan quedaba redondo: no eran pocos los que los coleccionaban con auténtico fervor.

Con el tiempo, aquellos cartones rígidos fueron cediendo terreno al papel… hasta desaparecer sin hacer ruido.

Todo esto me ha venido de golpe al encontrarme con una colección de aquellos santos o fotocromos de los que hablo, aunque ya de años más tardíos, casi en el momento de su extinción. Y como la película en cuestión tiene que ver —aunque sea de forma torpe y bastante desconsiderada— con la enfermedad mental, me animé a hacerme con ellos para compartirla con los seguidores psiquifoteros.

La película en cuestión es 4 locos buscan manicomio, coproducción hispano-italiana de 1980 que, en su empeño por hacer reír a cualquier precio, recurre a un repertorio de tópicos y estereotipos sobre la enfermedad mental tan simplones como desafortunados y poco respetuosos. Humor grueso, sin matices, de ese que hoy se ve venir de lejos y que más bien incomoda que otra cosa. Intenté ver la película antes de ponerme a escribir la entrada, pero tengo que confesar —y avisar— que no fui capaz de pasar de los diez primeros minutos.

Así que aquí van los doce “psiquifotocromos”, acompañados de su correspondiente programa de mano. Su valor no está tanto en la película que anuncian como en su capacidad para evocarnos aquellos buenos ratos de infancia que he recordado antes. Por lo demás, un pequeño catálogo de imágenes y actitudes que, afortunadamente, con el tiempo, intentamos dejar atrás.












Fotocromos promocionales de la película "4 locos buscan manicomio". Papel, 23'5 x 33'5 cm.



Sinopsis y ficha técnico artística de la película (ligeramente menor que los fotocromos). Papel, 21 x 30'5 cm.



Post scriptum

Ciertamente no tiene nada que ver con el tema que nos ocupa, pero lo que sigue me llegó en el mismo envío en el que recibí los "santos" arriba escaneados. Un pequeño recorte de papel, fechado en 1967, correspondiente a algún tipo de albarán o factura de una remesa de entradas de cine, supongo que de aquellas que te cortaban a la entrada, con un color diferente según el tipo de función o localidad ("arriba" o "abajo").

No sé el motivo por el que venía en el paquete, aunque, por el código manuscrito en el reverso, supongo que el vendedor lo habrá reutilizado con algún fin personal. Pero el papelillo me ha reconectado de nuevo y con renovada añoranza con aquellas sesiones de "cine de barrio" y no me he podido resistir a preservar yo también su memoria. ¡Qué recuerdos!





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