jueves, 12 de marzo de 2026

489. Los retratos del manicomio de Bristol. (y III) Fotos de "antes y después", conclusiones y discusión final.


Con esta tercera y última entrega cerramos la serie dedicada a los retratos, estudiados por Paul Tobia, de las historias clínicas de finales del siglo XIX en el manicomio de Bristol. En esta ocasión, las imágenes se ponen en relación —o en tensión— con el paso del tiempo: los retratos de “antes y después”, la noción de recuperación y las conclusiones que pueden extraerse de este singular proyecto fotográfico sobre la vida de los pacientes y la institución.

En la segunda parte se analizaron las fotografías del manicomio de Bristol como fuentes históricas, atendiendo a su función, su contexto y sus límites interpretativos. El texto examinaba para qué se produjeron estas imágenes, quiénes eran sus destinatarios y qué papel desempeñaron en el diagnóstico, la terapia y el control institucional. A partir del estudio comparado de distintos diagnósticos —melancolía, manía, imbecilidad— se ponía de manifiesto el carácter impreciso y a menudo arbitrario de la psiquiatría decimonónica. Lejos de confirmar los diagnósticos médicos, las fotografías revelaban sus debilidades y obligaban a una lectura contextualizada, crítica y necesariamente prudente. Asimismo, se subrayaba que, sin el apoyo del texto clínico, las imágenes dicen poco por sí solas, pero que, leídas en conjunto, ofrecen una valiosa aproximación a la experiencia cotidiana de los pacientes y al funcionamiento de la institución.

Dejemos ahora a Paul Tobia que ponga el punto final a esta trilogía psiquifotera, con una serie de consideraciones sobre una compilación de fotografías del “antes y después” durante el ingreso, así como sus conclusiones y discusión última.

La evidencia de las fotografías como archivo

Las imágenes utilizadas en este estudio constituyen un archivo (véase el Apéndice 2), que contiene muchas imágenes individuales valiosas, pero que también posee utilidad como evidencia colectiva o datos cuantitativos. Los estudios sobre fotografías de manicomios suelen centrarse únicamente en unas pocas imágenes. La fotografía de una paciente tomada por Hugh Diamond en 1856 (Fig. 6) ha sido utilizada en varias obras y su afirmación de que muestra signos de su «melancolía religiosa» ha sido, con razón, ampliamente ridiculizada. Para la mayoría de los observadores no existen tales signos, y parece que Diamond estuvo influido por su conocimiento previo de la mujer.128 Sin embargo, se trata solo de una fotografía, y este estudio sostiene que, si las fotografías se utilizaran de forma selectiva, podrían construirse varios argumentos —a menudo contradictorios— a partir de la evidencia producida. Por ello, las fotografías deben examinarse en su conjunto.

Otro trabajo que adoptó este enfoque fue el de Dowdall y Golden, que utilizaron 800 imágenes del Buffalo State Asylum, en Estados Unidos. Fueron tomadas en las décadas de 1920 y 1930.129 Este trabajo es valioso, especialmente como evidencia del hacinamiento crónico, pero algunas de sus afirmaciones parecen basarse en un conocimiento limitado de la fotografía o de la vida en el manicomio. Por ejemplo, interpretan el hecho de que la mayoría de las fotografías que muestran pacientes trabajando sean de hombres como evidencia de un sesgo sexual por parte del fotógrafo o de las autoridades. Podría ser así, pero también podría deberse a que muchos de los hombres trabajaban en la granja, mientras que la ocupación más común de las mujeres era el taller de costura. En aquella época era mucho más fácil tomar fotografías en el exterior, y una imagen con campos y árboles probablemente resultaba más interesante que una ambientada en una sala de costura. Además, las fotografías eran bastante diferentes a las de este estudio, ya que todas las nuestras son retratos, mientras que las estadounidenses mostraban la institución y grupos de pacientes y personal.

Otro trabajo que examinó un gran número de imágenes es el de Rawling, quien analizó una amplia variedad de representaciones decimonónicas de la enfermedad mental, incluidas las procedentes del St. Nicholas’s Hospital, Gosforth, que son bastante similares a las de nuestro manicomio. Señala lo similares que son muchas de las imágenes, con poses, vestimenta y fondos habitualmente iguales.130 Nuestras imágenes también muestran una uniformidad en estos aspectos. Rawling sostiene que «fotografiar a los pacientes de la misma manera les despoja de su individualidad y carácter».131 Esto es cierto hasta cierto punto, pero ¿carecen por completo de individualidad las fotografías de pasaporte? Esto se evidencia en las fotografías de la Fig. 38, que fueron seleccionadas aleatoriamente de nuestro archivo. La pose es muy similar, especialmente en los hombres, pero tienen un aspecto bastante diferente. Sus caracteres, al menos hasta cierto punto, sí se manifiestan. Esto puede deberse a que nuestras fotografías han sido restauradas digitalmente, mientras que las de Rawling no muestran mucho detalle. En general, las fotografías con mayor nivel de detalle proporcionan al observador una mejor percepción del sujeto.

Una diferencia de género es que los hombres aparecen casi siempre en primeros planos de cabeza, mientras que muchas mujeres se muestran desde la cintura hacia arriba, aunque esta tendencia se redujo en años posteriores. ¿Refleja esto la fascinación de los psiquiatras por el cuerpo femenino? Las mujeres también muestran una mayor variedad individual en su indumentaria. Los hombres parecen conformarse con llevar la ropa muy uniforme suministrada por el manicomio, pero muchas mujeres parecen vestir su propia ropa o añadir elementos al uniforme habitual, como volantes o adornos en el cuello.


Fig. 38132

    La mayoría presenta una expresión bastante neutra, aunque muchos parecen claramente tristes y algunos angustiados. Aunque las poses están regimentadas, sus expresiones faciales probablemente lo están menos que en el retrato victoriano típico.133 En estas fotografías la mayoría de los sujetos muestra expresiones faciales muy similares; sin embargo, los pacientes del manicomio exhiben una mayor diversidad facial en términos emocionales. Esto probablemente se deba a que se encontraban enfermos o infelices en el momento de su ingreso, pero ello parece contradecir la idea de que estas fotografías estuvieran completamente controladas.

    Quienes encargaron o tomaron las fotografías probablemente vieron a los sujetos como el «otro», tal como describió Gilman la forma en que suelen representarse los locos.134 Sin embargo, para los espectadores actuales las fotografías, en cierto modo, trascienden esta «otredad», quizá porque estamos acostumbrados a ver imágenes de sufrimiento. Para un espectador contemporáneo, la «otredad» es principalmente consecuencia de la distancia temporal. Son ante todo victorianos más que locos. Las imágenes nos transmiten una sensación de cómo era aquella comunidad. Muchas de las fotografías son bastante ordinarias. Las personas que aparecen en ellas se parecen a la mayoría de la clase trabajadora de la época. En algunos aspectos, esto las rescata de la «otredad» y pierden parte de la rígida estereotipación de representaciones anteriores de la locura. Al compartir la evidencia no verbal de esa comunidad, nos permite, en palabras de Peter Burke, «imaginar el pasado».135

    Antes y después: las fotografías de ingreso y recuperación de los pacientes

    Las fotografías analizadas hasta ahora fueron tomadas todas en el momento del ingreso en el hospital o poco después. Durante un periodo comprendido entre 1894 y 1896, en ocasiones se tomaron fotografías de los pacientes en el momento del alta. Con dos excepciones, fueron solo de mujeres y, en su mayoría, jóvenes o relativamente jóvenes. Podrían haberse tomado en beneficio de las pacientes, para mostrarles lo bien que lo habían hecho. Esto fue sugerido por Diamond, pero ¿por qué no hombres y por qué no mujeres mayores?136 Aunque era más probable que las mujeres jóvenes recibieran el alta, esto no explica la enorme disparidad de género.

    Estas imágenes parecen ajustarse claramente a lo que se ha denominado la «mirada masculina». El término fue utilizado originalmente por Lacan y sugiere que los hombres miran a las mujeres de una manera particular.137 Estas fotografías constituyen sin duda una evidencia de la sugerencia de Kromm de que existió una «feminización de la locura en la representación visual», que comenzó en la década de 1780.138 Se convirtieron en objetos que la institución podía utilizar para promover sus éxitos. Las autoridades estaban utilizando estas fotografías como una forma de publicidad del establecimiento. Parecen precursoras de los anuncios de «antes y después» que comenzaron a aparecer en la década de 1930.139

    Mostraremos cómo la institución seleccionó fotografías que promocionaban su «producto». Los Visitadores del Hospital y los Comisionados verían estas imágenes, y su finalidad era mostrarles lo bien que el manicomio había logrado curar a los pacientes de sus afecciones. Estas fotografías se diferenciaban de las demás en que no estaban destinadas al beneficio de los médicos ni siquiera de los propios pacientes, sino de la institución.

    La fecha de estas fotografías también es importante. Durante los primeros años del manicomio, este había recibido una prensa muy favorable y evaluaciones positivas por parte de los Comisionados. Sin embargo, a medida que la promesa del Tratamiento Moral comenzó a desvanecerse, aumentaron las críticas a los manicomios. En 1889, el escritor John Tuke resumía así la percepción pública:

    «En los últimos años han estado operando influencias que han generado sospechas sobre si nuestro sistema de gestión de los locos es todo lo que debería ser, y que tienden a poner en duda incluso la solidez de sus principios».140

    Los manicomios estaban a la defensiva y estas fotografías pueden interpretarse como una respuesta: estos son nuestros éxitos; miren las fotografías, la gente se recupera. También son importantes porque muestran más de una imagen del mismo paciente. Esto proporciona una idea de cómo podía cambiar el paciente y, hasta cierto punto, elimina retratos fortuitos y poco característicos.

    Al final de este estudio, el Apéndice 3 muestra varias de estas fotografías en un tamaño mayor que los ejemplos que siguen. El primer ejemplo de ello puede verse en la Fig. 39, correspondiente a la mujer que ya encontramos anteriormente, Grace Biggs.141 La fotografía de «recuperada» es diferente en varios aspectos. En primer lugar, y de forma típica en estas imágenes, lleva un vestido bonito. Resulta difícil saber si esto fue por iniciativa de la paciente o de las autoridades. Quizá simplemente se le sugirió que querría verse bien para su fotografía de salida. Además, en esta imagen no mira directamente a la cámara, lo que elimina la mirada penetrante de la imagen anterior. La segunda fotografía también hace cuestionar la interpretación previa de la primera como «maníaca». Esa impresión se debía en gran medida a las sombras oscuras bajo los ojos, que enfatizaban su mirada fija. En la segunda imagen las sombras siguen existiendo, pero son menos perceptibles porque tiene el rostro girado.


    Fig. 39 Grace Biggs, al ingreso y «recuperada»142

    Nuestro segundo ejemplo, la Fig. 40, corresponde a Rosina Rayment y muestra diferencias aún mayores en las cuatro imágenes que se incluyeron en sus notas. En la primera tenemos una fotografía titulada «antes del ingreso». Es un retrato de estudio en el que aparece atractiva y respetable. Parece proceder de un álbum familiar. Du Plessis ha analizado una fotografía similar en las notas de un manicomio y sugiere que recuerda al espectador que el sujeto «no debería definirse únicamente por su institucionalización en el manicomio».143 Esta imagen se incluye para mostrar hasta qué punto había descendido desde que gozaba de buena salud.

    En la segunda fotografía, tomada poco después del ingreso, Rosina parece demacrada, con el cabello lacio y, en general, no da la impresión de haberse cuidado. Era sirvienta y las notas describen como causa de sus problemas el «exceso de trabajo». En las dos imágenes de «recuperación» ha ganado peso, su cabello está mucho más arreglado y sonríe. El mensaje es que la institución la ha cuidado bien y que ahora está preparada para el mundo exterior.144 Su historia, por desgracia, no tiene un final feliz. Tras su alta en 1893, fue readmitida en 1895 y permaneció en el manicomio hasta 1928, cuando fue trasladada a una residencia de ancianos.145 El último ingreso no cuenta con fotografías; ya no era la imagen promocional del manicomio.


    Fig. 40 Rosina Rayment, retrato de estudio, al ingreso y dos fotografías de «recuperada»146

    La mayoría de estas imágenes corresponden a mujeres jóvenes, pero Louisa Ann Murray era una viuda de 50 años. Su fotografía de «recuperada» quizá se incluyó porque parece tanto más tranquila (había sido diagnosticada de manía) como más respetable. En la segunda imagen lleva un abrigo elegante; está preparada para el mundo burgués.147


    Fig. 41 Louisa Ann Murray148

      El siguiente ejemplo, la Fig. 42 de Ada Brooks, bien podría haber figurado en un folleto del manicomio. Incluso un opositor al sistema manicomial concedería que, aparentemente, la ayudaron. En la primera imagen está delgada, sus ojos parecen como si no hubiera dormido durante algún tiempo y su aspecto es angustiado. En la segunda imagen se la ve menos demacrada, aunque presenta una desagradable afección cutánea. El mensaje del manicomio es: no damos de alta a las personas hasta que se han recuperado por completo. En la última imagen, tomada cuando fue dada de alta, catorce meses después del ingreso, la afección cutánea ha desaparecido, parece bien alimentada y sus ojos están más brillantes. Incluso parece más acomodada, ya que lleva un sombrero y un abrigo con cuello de piel.149 Probablemente existió cierto grado de manipulación de su imagen, pero no puede negarse que, al menos en su caso, los resultados fueron impresionantes.


      Fig. 42 Ada Brooks al ingreso, con infección cutánea, y recuperada150

      Las fotografías de Emma Eginton son algo diferentes, ya que en su imagen de recuperación todavía parece desgraciada. Tenía 48 años, era mucho mayor que la mayoría de los otros ejemplos y había ganado peso, lo cual probablemente explica por qué se incluyó la fotografía. Ayudar a los pacientes a ganar peso era importante para el manicomio, incluso si para ello tenían que recurrir a la alimentación por sonda (véase el capítulo 4). Era modista, por lo que cabría haber esperado que vistiera algo mejor para su fotografía de recuperación; sin embargo, sigue teniendo un aspecto apagado. El sistema quería presentarse bajo una luz favorable, pero, a diferencia de una agencia publicitaria moderna, no estaba tan organizado.151


      Fig. 43 Emma Eginton al ingreso y «recuperada»152

      El último de nuestros ejemplos femeninos es Emma Cottrell, una sirvienta de diecinueve años que vivía en Hotwells, Bristol. Estaba gravemente enferma y fue ingresada en el manicomio el 31 de julio de 1894. Oía voces y pensaba constantemente que la gente hablaba de ella. Cuando fue entrevistada por el médico, le dijo que había cables atados a sus pies. En su fotografía de ingreso parece demacrada y pálida. Aunque la imagen no sugiere un diagnóstico concreto, sin duda parece perturbada. Permaneció enferma durante algunos meses y luego, de manera bastante repentina, pareció mejorar: se volvió menos inquieta y dejó de mencionar las voces. El 4 de febrero de 189?, fue dada de alta como recuperada.153 En su imagen de recuperación no está arreglada; quizá no tenía ropa mejor, pero tiene un aspecto bastante diferente. Esto se debe en parte a que no mira de frente a la cámara, a diferencia de la mayoría de las fotografías del manicomio, que se tomaban de frente. Una pose de perfil parece más natural y varias de estas fotografías (véase el Apéndice 3) utilizan este tipo de pose. No obstante, su rostro parece más relajado; parece pensativa. Aparte de la ropa institucional, se trata de un retrato victoriano bastante típico.


      Fig. 44 Emma Cottrell al ingreso y «recuperada»154

      Solo existían dos conjuntos de fotografías de «antes y después» de pacientes varones y ambos estaban en mal estado. Dado que fueron los únicos pacientes masculinos seleccionados, debió de haber razones particulares para ello. El primer ejemplo es Tom Ambrose. Era propietario de una casa de huéspedes en Clifton y, por tanto, relativamente acomodado. Fue ingresado en un estado de gran agitación. Expresaba pensamientos paranoides según los cuales la gente quería hacerle daño. También tenía alucinaciones visuales, entre ellas la de un perro, que decía que era su protector. Su fotografía de ingreso está muy deteriorada, pero puede verse que, aunque no parece especialmente angustiado, tampoco parece haberse estado cuidando bien, teniendo en cuenta su estatus social. Se recuperó muy rápidamente y fue dado de alta al cabo de dos meses.155 En su fotografía de alta se ha transformado en un caballero elegante. Cinco años más tarde trabajaba como periodista en Yorkshire.156 El manicomio no solo lo había curado, sino que había restaurado su estatus social.


      Fig. 45 Tom Ambrose al ingreso y «recuperado»157

      Nuestro otro ejemplo es bastante diferente. Se trata de Lewis Bullock, un chico de dieciséis años que trabajaba como recadero y cuya familia no podía controlarlo. Llegó al manicomio «ruidoso, inquieto, dando patadas y escupiendo». Su habla era ininteligible y comenzó a autolesionarse con regularidad golpeándose la cabeza contra la pared y, en una ocasión, intentó estrangularse. Gradualmente se calmó y fue dado de alta seis meses después del ingreso. En la mayoría de los aspectos no parece diferente en su fotografía de alta; lleva el mismo abrigo y su expresión facial no parece haber cambiado. Lo que sí es diferente es que, en la primera fotografía, hay una mano sobre su hombro, probablemente para asegurarse de que permaneciera quieto. En la fotografía posterior no se necesita ninguna mano. El mensaje es claro: lo hemos controlado y ahora puede ser devuelto a sus padres.158 Parece haber permanecido bien y seis años más tarde, en 1901, vivía con sus padres y su ocupación figuraba como pintor.159


      Fig. 46 Lewis Bullock160

      Discusión y conclusiones

      Al evaluar estas fotografías, la naturaleza de su público parece fundamental. El público, que estaba formado por médicos, Comisionados y Visitadores, constituía un grupo privilegiado. Si el público se hubiera ampliado a los pacientes, sus familias o el público en general, estas fotografías habrían sido diferentes. Habrían estado más censuradas, tanto en términos de no perturbar la sensibilidad victoriana como de promover el manicomio. La Fig. 23 de Ellen Richman habría sido demasiado emocionalmente cruda para el público y demasiado perturbadora para sus familiares. Debido a la naturaleza del público, se podía permitir a los pacientes cierto grado de autonomía, ya que ello mostraría lo enfermos que estaban y, por tanto, lo difícil que era el trabajo de los médicos. Si el público hubiera sido el general, podrían haber utilizado algunas de las fotografías de ingreso y recuperación, pero solo aquellas como la última imagen de la Fig. 36, que parece un retrato victoriano «normal».

      La naturaleza del público también pudo haber influido en la decisión de dejar de tomar estas fotografías. En la mayoría de los pacientes de larga estancia, una combinación de envejecimiento, institucionalización y enfermedad habría hecho que en persona parecieran peor que en sus fotografías. Esto daría la impresión de que el manicomio los había empeorado y, por tanto, estas imágenes, en cierto modo, no eran un anuncio de su excelencia, sino un recordatorio de sus fracasos.

      La intención de las fotografías era significar que se trataba de un establecimiento progresista y, en este sentido, pueden compararse no solo con instituciones como las prisiones, sino también con las escuelas. El estudio de Burke y de Castro sobre las fotografías de escuelas mexicanas sugería que «transmiten al observador un mensaje de progreso».161 Para lograrlo, utilizaron niños cuya apariencia encarnaba la idea del «niño perfecto». Sin embargo, estas fotografías estaban dirigidas al público. En contraste, el manicomio no buscaba al «paciente perfecto»; quería categorizar, quería que la patología fuera visible.

      Gran parte de nuestra evidencia parece respaldar la afirmación de que las fotografías eran una forma de control.162 Sin duda, las autoridades controlaban numerosos elementos. Elegían dónde y cuándo podía tomarse la fotografía. El fotógrafo elegía el momento exacto en que se realizaba y tenía control sobre el revelado y la impresión. A partir de los libros de admisión, parece que durante ciertos periodos casi todos los pacientes fueron fotografiados, lo que indica que no era voluntario.163 Los pacientes tampoco tenían control sobre los usos de las fotografías, aunque las tomadas en el momento del alta pudieron haberles complacido. Los pacientes pueden considerarse, como ha sugerido Cook (parafraseando a Foucault), «atrapados en la mirada centralizada e implacable de los regímenes disciplinarios modernos».164

      Sin embargo, esta visión adopta una perspectiva muy unilateral sobre la naturaleza de la fotografía en general y de la fotografía manicomial en particular. Aunque los manicomios estaban centralizados, en el sentido de que el Estado los hacía obligatorios y producía un conjunto muy riguroso de normas y requisitos que debían seguir, así como un sistema regulador que los hacía cumplir, agrupar sin más la fotografía criminal y la manicomial resulta comprensible, pero simplista. Aunque ambas instituciones ejercían control, los motivos de las instituciones que produjeron las fotografías no eran los mismos. En las prisiones, la necesidad de control era mayor y la fotografía puede considerarse parte de ello. En los manicomios, la fotografía fue una práctica temporal y poco entusiasta. Francis Galton pudo haber sido un determinista biológico, pero la institución en la que tomó sus fotografías tenía una visión diferente. El reglamento del manicomio establecía que «todas las personas de mente insana consideradas curables son elegibles para el ingreso».165 El manicomio de Bristol también esperaba curar a sus pacientes, aunque en los años posteriores se produjera un auge del pesimismo terapéutico.

      En segundo lugar, las características técnicas de la fotografía implican que algunos aspectos de la imagen final estaban determinados por la naturaleza del proceso y no por el fotógrafo. Las velocidades de obturación eran relativamente largas, por lo que las fotografías debían tomarse en el exterior. El fotógrafo no tenía control sobre la distancia focal y, por tanto, sobre la profundidad de campo (la profundidad de la imagen que aparece enfocada). Además, los procesos de revelado producían un efecto fijo particular. También eran en blanco y negro, lo que las hace más «dramáticas».166

      Por último, aunque tenían cierto control sobre la pose, el carácter del sujeto, al menos en parte, es visible. Una fotografía no es una representación exacta de su sujeto, pero guarda alguna relación con él, y probablemente más aún en la época victoriana, cuando se tenía menos control sobre los aspectos técnicos. Nuestro moderno software de manipulación digital nos permite crear casi cualquier imagen a partir de un sujeto original. En la época victoriana no se disponía de esa capacidad.

      Autores como Tagg, Cross y Gilman han demostrado con gran eficacia que la objetividad de la fotografía, que los victorianos asumían, carecía de fundamento.167 Con nuestras fotografías de ingreso y recuperación, hemos mostrado cómo, en muchos aspectos, estas imágenes constituyen una «mirada» masculina. Sin embargo, ello no significa que las imágenes resultantes fueran completamente subjetivas.

      Por último, aunque algunas de las fotografías eran engañosas y la situación fotográfica estaba fuertemente controlada, la personalidad del sujeto y, a menudo, su sufrimiento, se dejan ver. Constituyen, por tanto, un complemento valioso a otras evidencias sobre los pacientes. Sidlauskas y Doyle han sugerido ambos la existencia de elementos de agencia que pueden darse en este tipo de fotografías.168 La individualidad de los pacientes es muy evidente al observar estas fotografías y sugerir que estos pacientes eran meros peones del sistema es desvalorizarlos. Dolly MacKinnon y Catharine Coleborne han concluido recientemente, en su libro sobre la cultura visual de la psiquiatría: «sostenemos que las prácticas psiquiátricas, así como aquellas personas que han sido sometidas a sus regímenes, se vuelven más visibles cuando consideramos tanto las culturas materiales como las visuales producidas a través de y por las instituciones psiquiátricas».169

      El pasado se conceptualiza en palabras, pero imaginamos el pasado a través de imágenes. Puede argumentarse que las fotografías nos dicen más sobre la institución que sobre los pacientes; sin embargo, nos ayudan a imaginar a ambos.

      Paul Tobia.


      Notas:

      128. Cross, Mediating Madness, pp.59–60. También utilizado en Gilman, Seeing the Insane, p.170.
      129. George Dowdall and Janet Golden, ‘Photographs as Data; An Analysis of Images from a Mental Hospital’, Qualitative Sociology, 12(2), 1989, pp. 183–213.
      130. Katherine Dorothy Berry Rawling, ‘Visualising Mental Illness’, pp.188–209.
      131. Ibid., p.207.
      132. Estas fotografías fueron ingresos consecutivos del mismo año..
      133. Audrey Linkman, The Victorians: Photographic Portraits (New York: Tauris Parke, 1993).
      134. Sander Gilman, Seeing the Insane, p. 7.
      135. Peter Burke, Eyewitnessing, p. 13.
      136. En Gilman, Seeing the Insane, pp. 164–165.
      137. Peter Burke, Eyewitnessing, p. 125.
      138. Jane Kromm, ‘The Feminisation of madness in Visual Representation’.
      139. ‘Before and After advertising’: http://www.scpress.org/eBulletin/foust_nov.pdf 
      140. John Tuke, ‘Lunatics as patients not prisoners’, The Nineteenth Century: a monthly review, 1889, 25(146), pp. 595–607.
      141. Admission book, BRO 40513/C/12, p. 19.
      142. Admission book, BRO 40513/C/12, p. 19.
      143. Rory du Plessis, ‘Beyond a clinical narrative: casebook photographs from the Grahamstown Lunatic Asylum, c. 1890s’, Critical Arts, 29:sup1, 2015, p. 96.
      144. Admission book, BRO 40513/C/3/12, p. 56.
      145. Admission book, BRO 40513/C/3/12, p. 199.
      146. Admission book, BRO 40513/C/3/12, p. 56 y p. 199.
      147. Admission book, BRO 40513/C/12, p. 83.
      148. Ibid.
      149. Admission book, BRO 40513/C/3/12, p.116.
      150. Ibid.
      151. Admission book, BRO 40513/C/3/12, p.138.
      152. Ibid.
      153. Admission book, BRO 40513/C/12, p. 145.
      154. Ibid.
      155. Admission book, BRO 40513/C/2/10, p. 133.
      156. 1901 census, Ancestry, http://search.ancestry.co.uk
      157. Admission book, BRO 40513/C/2/10, p. 133.
      158. Admission book, BRO 40513/C/2/10, p. 114.
      159. Censo de 1901 Ancestry, http://interactive.ancestry.co.uk (consultado el 3.3.13).
      160. Admission book, BRO 40513/C/2/10, p. 114.
      161. Catherine Burke and Helena de Castro, ‘The School Photograph: Portraiture and the Art of Assembling the Body of the Schoolchild’, History of Education, Vol. 36, No. 2, p. 217.
      162. Tagg, The Burden of Representation, pp. 66–102.
      163. Véanse los libros de admisión, BRO 40513/C/2/11, 40513/C/2/12, 40513/C/3/12 y 40513/C/3/13.
      164. James W. Cook, ‘Seeing the Visual in US History’, The Journal of American History, September 2008, p.436.
      165. Colin Gale and Robert Howard, Presumed curable: an illustrated casebook of Victorian psychiatric patients in Bethlem Hospital (Petersfield: Wrightson Biomedical Publishing, 2003), p.4.
      166. Beaumont Newhall, The History of Photography from 1839 to the Present Day (New York: The Museum of Modern Art, 1984).
      167. Tagg, The Burden of Representation; Cross, Mediating Madness; y Gilman, Seeing the Insane.
      168. Susan Sidlauskas, ‘Inventing the Medical Portrait’; Peter Doyle, ‘Public eye, private eye’.
      169. Dolly MacKinnon and Catharine Colebor.


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      La serie completa sobre las fotos de Bristol:

      487. Los retratos del manicomio de Bristol. (I) Introducción e historia visual de la locura.
      489. Los retratos del manicomio de Bristol. (y III) Fotos de "antes y después", conclusiones y discusión final.
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      BIBLIOGRAFÍA
      >>>>>>>>>>>>     Consultar aquí toda la bibliografía citada hasta esta entrada
      Tobía, Paul. The patients of the Bristol lunatic asylum in the nineteenth century. Tesis doctoral. University of the West of England, 2017. Accesible en https://www.academia.edu/109736181/The_patients_of_the_Bristol_lunatic_asylum_in_the_nineteenth_century

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