domingo, 18 de octubre de 2015

301. Los días en el Centro.

A lo largo de estos días, con ocasión del Día Mundial de la Salud Mental que viene celebrándose cada 10 de octubre desde 1992, hemos visto sucederse diversos actos y declaraciones, promovidos especialmente por las asociaciones de familiares y personas con una enfermedad mental dirigidos a llamar la atención sobre sus necesidades y reclamar el trato digno hacia sus personas. Desde Psiquifotos queremos también sumarnos a dicha celebración con la publicación de una espontanea colaboración que nos llega desde Argentina a través del grupo psiquifotero de Facebook.

Se trata de una muestra del trabajo resultante de un taller de fotoperiodismo, dirigido por Darío Cavacini y realizado por los usuarios del centro de día de salud mental “Capacidades diferentes" en Buenos Aires.

Cada imagen viene acompañada por una sentida frase elegida por sus protagonistas y, además, junto a la selección que Darío quiere compartir desinteresadamente con Psiquifotos, contamos con dos textos que las contextualizan. Primero, una breve introducción de Ítalo Valderrama que antecede al trabajo fotográfico, luego las reflexiones de Guillermo Gaetano, director del centro de día donde se realizó la experiencia y participante igualmente en el proyecto.

Muchas gracias por hacernos partícipes de vuestro entusiasmo.



Los días en el Centro.

Desde 2010 en Argentina se viene dando un cambio de paradigma en relación a la atención en salud mental. El cambio nacido de la lucha de agrupaciones de usuarios, familiares y voluntarios, ha culminado con la sanción de la Ley Nacional de Salud Mental (N°26.657) que viene a derribar el antiguo modelo médico-hegemónico basado en la atención en hospitales monovalentes (manicomios).

El nuevo modelo asegura el derecho a la atención para todos los ciudadanos, con el acento puesto en que esa atención debe ser integral y basada en principios éticos y fundamentos científicos. Entre los puntos más sobresalientes que establece esta nueva ley, están el cierre de los manicomios existentes en el territorio nacional, la restricción de las internaciones involuntarias y la supresión del concepto de peligrosidad de los usuarios. Estos importantes ítems marcan un quiebre respecto del tradicional modelo basado en la atención hospitalocéntrica que generaba el depósito y posterior abandono de los usuarios del sistema de salud mental.

Para lograr tales fines, se han creado dispositivos e instituciones basadas en la atención comunitaria que pretenden evitar el desarraigo y estigmatización de sus usuarios. Entre ellas se ubican la atención domiciliaria supervisada y apoyo a grupos familiares y comunitarios; casas de convivencia, hospitales de día, cooperativas de trabajo, centros de capacitación y familias sustitutas y los centros de día.

Este último dispositivo mencionado nace para dar respuesta a las problemáticas de las personas aquejadas por un padecimiento mental. Con una mirada basada en la atención comunitaria, de inclusión social y respeto por los DDHH de los usuarios, han generado una mejoría substancial en aquellos que durante años tuvieron que permanecer encerrados en instituciones segregantes y cargadas de desidia y violencia.

Este trabajo se propone contar, a través de la mirada y la palabra de los propios usuarios, las diferencias existentes entre ambos modelos de atención. Durante seis meses los integrantes del centro de día de salud mental “Capacidades diferentes “del barrio porteño de Barracas, participaron del taller de fotoperiodismo coordinado por Darío Cavacini, en el cual se propuso contar desde lo más propio e íntimo de cada uno, este cambio de paradigma. Cada imagen captada en la espontaneidad de los ratos libres del centro está acompañada por una frase realizada por los concurrentes del taller en relación a las diferencias señaladas.

Ítalo Valderrama.



Intervención sobre el Centro y la Imagen


Centro no centralidad

Un centro es una localización. Una localización que determina un espacio. Un espacio que alberga lo real del devenir inasible del tiempo. La localización utiliza parámetros simbólicos para alcanzar corporeidad en un imaginario compartido.

Un centro no es una centralidad. La centralidad gobierna y gobierna con discursos dominantes. La centralidad domina y normativiza. Los discursos de la centralidad atraviesan los cuerpos. Discursos de consumo, de éxito, de eficacia, de producción, de belleza. Discursos de la centralidad que promueven y producen cuerpos adaptados. Pero también expelen cuerpos desadaptados. Para estos últimos, la centralidad inventa otras localizaciones.

La periferia es el invento de la centralidad para sostenerse como tal y reubicar todo lo que ella quiere distinto de sí. La centralidad construye, cuida y controla el espacio periférico para que éste ilusione como parte de un todo común. Y en esa comunidad sea la centralidad la guía, meta e ideal (imposible) a alcanzar.

Hay otros centros. Centros que no pertenecen a la centralidad sino más bien a la periferia. Para la centralidad la periferia recibe la sobra, lo que no encaja, lo que no produce. Para la centralidad, la periferia posee la misión de amontonar lo distinto a sí. Por su parte, la periferia –ubicada y localizada originalmente por la centralidad- puede cumplir funcionalmente la misión designada por la centralidad o alcanzar conciencia de sí. Alcanzar su autoconciencia es conocer la ajenidad de la localización significada y de la corporeidad reflejada por el espejo impuesto por la centralidad. Alcanzar la autoconciencia es encontrar la encrucijada de perpetuar el destino dispuesto o rebelarse a ello. Rebelarse puede implicar variados caminos. Puede implicar arremeter contra la centralidad o, construir su propio centro. Construirse como propio centro es dejar de ser periferia, es crear la propia localización que sostenga el espejo que refleje el modo de verse y el modo de ver a los otros.

Centro no centralizado

Un centro centralizado es aquel que establece formas que invitan a las personas a participar. Un centro centralizado normatiza actividades y busca la adecuación de las personas a esas normatizaciones. En cambio, un centro no centralizado muta. Un centro no centralizado puede transformarse a los requerimientos de los participantes. Un centro no centralizado puede tomar aconteceres y orientarse por ellos; (re)construirse junto a ellos. Un centro no centralizado puede ser múltiple y diverso al tiempo que no deja de ser uno.

Transcurrir no centralizado habilita el despliegue de prácticas diversas. Lo diverso implica el arreglo a las versiones de las singularidades que encuentran formas de localizarse.

¿Qué es localizarse? Contrariamente a lo que el sentido común puede pensar, localizar, localizarse o adquirir localización no pertenece al campo de lo espacial. Puede implicarlo pero su sustancia pertenece al trabajo de asir lo real del tiempo. Localizar es encontrar un lugar para ser, ser en el tiempo. Un lugar donde la vida, la historia y los aconteceres puedan ocurrir. Localizar es un siendo en el que la cotidianeidad adquiere la posibilidad de ser. Vayamos a un ejemplo para graficar. Nuestro centro –que no es centralidad ni centraliza- ha debido mudarse. La muda de lo espacial es un accidente que se atraviesa para sostener la localización construida: parámetros simbólicos donde las historias se cuentan, se enlazan, avanzan, se pierden o se recuperan. En una localización nos vemos, nos contamos, nos posicionamos, nos enlazamos, nos olvidamos y recordamos. En una localización construimos historia, nos mezclamos con ella.

La imagen fotográfica

Veo las fotos del centro. Pienso que la eficacia, el poder de la imagen no es eternizar un instante. Pienso que su poder es lanzarnos a encuentros con devenires. Es abrirnos un hueco donde el vértigo a lo “por descubrir” es su valor. Es apertura hacia. Es llenarnos de movimiento. Pero no del movimiento de encontrarnos o de encontrar lo mismo. La imagen es eficaz cuando ocurre exactamente lo opuesto. Una imagen es eficaz cuando produce des-encuentro, cuando nos des-centra. Cuando nos obliga a interrogar nuestro propio centro, nos lanza a una periferia inhóspita, y nos exige ver nuestra centralidad con el espejo que las imágenes fotográficas nos conceden.

Pienso que el proceso de invertir espejos, es decir, dejar de ver –con nuestra propia localización- lo que nos es extraño y comenzar a vernos con lo que nos habilitó el acceso de esa otra localización, solo es posible si la imagen nos invita a recorrer historias, esfuerzos, padecimientos y alegrías ‘otras’ a las nuestras. Si ese camino, si ese movimiento y esa temporalidad fue lograda por nuestro pensar al momento de mirar una imagen, podemos decir que la imagen ha permitido alejarnos de nuestra centralidad. Y el movimiento que comenzó para el espectador continúa, arrastra o nos arroja. Nos arroja desde el punto de ser ‘uno’ y ‘centro’ hacia esa alteridad ‘una’ y ‘centro’, devolviéndonos ‘múltiple’.

Poeta y fotógrafo

Existe un punto donde la poesía y la fotografía logran equivalencia y es en su contacto con lo Real. Y ese punto es en el que ambas exceden la capacidad de desvelar o descubrir sentido. Cuando ambas logran exceder la función de descubrir sentido y mudan hacia la dimensión de la creación ofrecen su producto como alimento al pensar. La creación nos arrebata del camino transitado y nos obliga al incierto tránsito de lo inédito. La poesía, a través de un forzamiento (exploración, subversión, condensación, etc.) de la escritura y del decir; la fotografía, en tanto artificio mecánico de la irrupción de la imagen. La imagen –símil a la imagen mental- que intrusivamente es capturada por el ojo ofrecido a su enigma precipita la labor posterior del espectador, labor de des-centralización, de des-centralidad, de descubrir la localización ajena y retornar a sí siendo uno y –eventualmente- otros.

Lo Pretérito y la imagen-poema

Tal como se dijo, la imagen una vez puesta en circulación frente al “espectador” habilita o da a posibilidad la apertura hacia un campo inédito del otro y, en el mejor de los casos, de sí. Pero existe un momento previo que es cuando el ojo del fotógrafo es tomado por un fenómeno que muestra otra cosa más que lo que la mirada se encuentra en condiciones de acceder.

La imagen que irrumpe creativamente al ojo del fotógrafo logra capturar un plus de la escena. Instante en que indefectiblemente algo nuevo surge; algo se hace presente haciendo que la mirada quede vaciada y excedida, haciéndonos ver más de lo que vemos.

Tenemos, entonces, el ojo por un lado y, por otro, lo advenido.

En cuanto al ojo, es apropiado entenderlo en su versión radical; no al momento en que trabaja en una búsqueda o explora composiciones activa-mente. Si no al momento en que es abordado por algo que lo vacía de mirada y lo toma en la sorpresa de encontrarse viendo (o habiendo visto) más de lo que creía ver.

En cuanto a la imagen advenida, es importante dimensionarla, no en su condición de representar una ‘realidad’, o de buscar explicar algo, o de demostrar cosa alguna. Las imágenes buscan tocar o ser tocadas por otra cosa. Y esa cosa no es más que lo imposible. Las imágenes buscan tocar lo imposible; mostrar lo imposible, es decir, lo que está detrás de una imagen.

Y, por suerte, parece haber imágenes que nos muestran cosas que no se ven. ¿Cómo llamar a esas imágenes que nos muestran algo visualmente que es imposible de asir con la mirada? ¿Cómo llamarlas, si nos hacen visible una invisibilidad perpetua? ¿Cómo nombrar al ojo que se dejó capturar por el instante en que las cosas son tomadas por una presencia invisible y muda que no dejará de capturar miradas y habilitar decires?

Nuestro Centro y las imágenes

Observar alguna de las imágenes del presente trabajo me resuenan indefectiblemente en lo múltiple. Personas con historias de exclusión, de familias en su perseverante búsqueda de que algo aloje a sus seres queridos, de sufrimientos varios. Al mismo tiempo, historias de encuentros, de tranquilidad lograda, de vida. Pero también, de proyectos puestos en marcha, de discusiones, de ejercicios y labores diversas. Y, finalmente, de una profesión y un hacer siempre en movimiento y repensándose que afecte a todo aquel que por accidente, contingencia o deseo haya atravesado la frontera que marca el ingreso vivido o pensable a nuestro Centro.

Nuestro Centro

Pertenezco a una generación que vivió algo inédito en torno a la discapacidad y la salud mental: resignificar el concepto de discapacidad y, a partir de allí, desarrollar prácticas de abordaje específicas. A partir de la Ley de discapacidad, lo que era una descripción de una condición, una nominación y hasta un estigma, se convirtió en una categoría de derechos. La Ley de discapacidad y el consecuente “Marco Básico” de prestaciones, habilitó a aquel que sufría algún tipo de discapacidad a exigir tratamientos adecuados a su padecer con la única restricción que la que un profesional –médico- podía considerar.

Por otra parte, desde lo que se había definido como el campo de la Salud Mental –regulado por el PMO (Programa Médico Obligatorio)- se restringía la atención de los llamados trastornos “psiquiátricos” a prácticas limitadas en variedad y en extensión de tiempo de atención. Eso hizo que los que antes “preferían” llamarse “psiquiátricos” -antes que estigmatizarse como “discapacitados”-, encuentren en el campo de la discapacidad una verdadera oportunidad de derechos. Derechos de atención, traslado y demás ayudas sin limitación temporal definida por el capricho del mercado sino sólo y exclusivamente por el progreso o no de su salud.

Nuestro centro nace en ese contexto de re-significación de prácticas, de dispositivos de atención y de derechos de las personas con discapacidad. Nace orientado a dar un lugar a la población con problemáticas de discapacidad y con problemáticas de salud mental. Nace pensando en brindar una localización donde la-dimensión de lo cotidiano encuentre un devenir saludable. ¿Cómo lograr esto último? Alojando posibilidades y desplegando potencialidades; desarrollando singularidades; promoviendo variadas actividades. Pero no solo ello. Las problemáticas vinculadas a la salud mental se encuentran asociadas al sufrimiento psíquico y, frente a éste, es menester poseer un marco conceptual que oriente un quehacer.

El presupuesto de la existencia de otro decir asociado a cualquier manifestación conductual o expresiva hace posible una práctica que aloja aquello que se presenta como disruptivo, entorpecedor o fallado; con la orientación de la búsqueda de un sentido y de un sujeto que irrumpe exigiendo ser escuchado. Ahora bien, nuestra práctica también nos muestra la existencia de un límite la posibilidad de alcanzar un decir y organizar el malestar exclusivamente en el campo del sentido. Ello nos conduce a promover formas de hacer-sobre-eso que dificulta la emergencia de encontrar satisfacción, de lograr integración, de convivir favorablemente con otro.

Dentro de la búsqueda de formas de hacer-sobre-eso, la idea de un centro no centralizado y entregado a lo múltiple es posición necesaria y complementaria que hace de las singularidades todas, y en sus tramas relacionadas, construyan y desplieguen la razón de su querer ser.



Guillermo Gaetano
Director centro de día "Capacidades Diferentes".





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