Para este fin, los manicomios deberían estar bien provistos de libros, mapas y aparatos ilustrativos de las diferentes ciencias, y también de colecciones de historia natural, etc. Deberían establecerse escuelas en todas las instituciones para locos, donde los pacientes pudieran dedicarse a la lectura, la escritura, el dibujo, la música, la aritmética, la geografía, la historia y también estudiar algunas ciencias… (Anónimo, 1847).
* Nota: En interés de una mayor brevedad y comodidad bibliográfica, las referencias a las publicaciones citadas solo se harán entre paréntesis en el cuerpo del texto, abreviándose su título (para quien estuviera interesado, tal y como aparece en la tabla 1 del artículo original), seguido del año, número y página del pasaje citado.
Papel de las bibliotecas en la vida
institucional.
Seguramente no se podrá decir
que la biblioteca fuera una de las principales inquietudes que tuvieran los
residentes de una institución psiquiátrica. A pesar de que estas tuvieron una
innegable importancia para un limitado número de ellos, la mayor parte prefería
otro tipo de actividades recreativas. Así lo muestra una pequeña encuesta
realizada entre los internos de un pabellón en Mondragón, donde las sugerencias
que predominan son las referidas a distracciones tales como cine, excursiones y
fiestas, apareciendo solo de forma testimonial la biblioteca (Glo. 1982; 1:12).
Desinterés relativo que también era extensivo a otras actividades educativas
como las “tardes culturales” de Murcia, donde disertaciones como la titulada Antecedentes
sobre bibliotecas. Su presente y su futuro no parece arrastraron mucho
público, llegándose a efectuar sorteos de tabaco al final de las charlas con el
fin de estimular la asistencia (Amb. 1978; 2: 17).
En cualquier caso, la
biblioteca aparece como significante de cierto valor en el mundo interno para
algunos pacientes, no solo para a los que antes nos hemos referido como
“intelectuales”, si no para otros aparentemente más desestructurados, tal y
como leemos en la publicación zaragozana: Estoy aquí, en la biblioteca del
psiquiátrico, y trato de estar paseando como tantos ratos por el parque (Rfl.
2002; 11: 12); o en el relato Uno de los locos se rebela, el manicomio tiene
una biblioteca y él intenta aprender todo lo que pueda, cuando se fuga es
capturado y llevado a la Universidad. El saber, sobre todo de naturaleza, te
hace libre (Rfl. 2003; 14: 22).
La biblioteca también sirve como inspiración a María P. para un breve relato en cinco entregas titulado la Asamblea misteriosa, donde las diferentes publicaciones de una biblioteca cobran vida a medianoche, para interactuar entre ellas en un entretenido desorden que da paso a una más ordenada sesión donde actuaba de secretario la hoja del calendario de aquel día, un soberbio 8 de noviembre, rollizo y cabezudo, dio cuenta del incremento en el número de lectores observado en la biblioteca (Clu. 1975/76; n.º 9 a 13), cuento quizás inspirado en aquellas otras asambleas que llevaban a cabo los pacientes del Club del Pere Mata.
Bibliotecas como
impulsoras y conservadoras de los periódicos y revistas internas y otras
actividades asistenciales.
A pesar de ser reconocida su utilidad y aconsejada la dotación de bibliotecas hospitalarias, en España, salvo excepciones en instituciones con pacientes privados (Figura 5), hasta bien entrado el s. XX no hubo lugar para libros ni revistas, tampoco bibliotecas bien dotadas ni organizadas, siquiera para sus profesionales.
Las corrientes de reforma asistencial que inundaron el país favorecieron igualmente la aparición de tímidas y generalmente no muy bien dotadas experiencias bibliotecarias. Por ejemplo, en 1981 el Instituto Madrileño de Salud Mental (I.M.S.A.M.) promovió una biblioteca especializada en el psiquiátrico provincial (actual Hospital Dr. Rodríguez Lafora), que sirviera como apoyo impulsor de la psiquiatría (Berges, 1983) y, más interesante para lo que ahora nos ocupa, sirviera como archivo de literatura gris (Corral-Alonso et al., 2013). Literatura gris (no convencional o invisible) en referencia a aquellos documentos que, como en el caso de las publicaciones intrainstitucionales, no se difunden por los canales ordinarios de publicación y distribución, lo que genera problemas de acceso y conservación.
Así lo reivindicaba la Hoja Informativa
del hospital en uno de sus editoriales:
Si el
valorar una revista es importante, también lo es que en algún momento tenga
valor histórico-cultural, y como no, el guardar estas y más tarde
encuadernarlas, las hace subir a nivel de bibliófilo. (Hoj.
1983; 11:1).
Una precaución que, salvo los promotores de cada publicación particular a título personal, muy pocas instituciones parece tuvieron.
La existencia de una más entusiasta
y potente biblioteca en algunas instituciones ha permitido la conservación de
algunas colecciones, incluso incompletas, de ciertas revistas, además de otra
documentación que ahora resulta de un gran interés para entender su
funcionamiento y objetivos. Es el caso del “libro de periódico” y “cuaderno de
pabellón” del Pere Mata, donde se encuentran referencias a las actas referidas
a las elecciones a vocal del periódico y de la
biblioteca (Labad, 2016).
Pero las bibliotecas no solo
actuaron como archivo y suministro de lecturas a la población hospitalizada (o
a los profesionales), sino que también fueron más allá. La página de créditos
de algunas de las revistas deja constancia de la participación de las personas
encargadas de la biblioteca, bien como partícipes en la elaboración de estas,
como en la zaragozana Comunidad (Com.), u ocupándose de la distribución,
como fue el caso de Amunt (Amu.) en Santa Coloma de Gramenet y la Hoja
Informativa (Hoj.) madrileña. Igualmente encontramos reflejos de como sugirieron e
impulsaron actividades, como hizo la bibliotecaria de Santa Coloma que, tras
recibir desde Oviedo un número de Adelante, les responde poniendo en
valor la existencia de un periódico de sus características y la importancia de
la escritura, para sugerir seguidamente algunas actividades relacionadas como
pudiera ser la convocatoria de un concurso literario y que además sirviera para
alimentar las páginas del periódico (Ade. 1976; 7: 2).
Más recientemente, algunas bibliotecas se han implicado
directamente en diferentes actividades de lecto-escritura, como el taller y
blog Aventureros de las palabras del hospital vizcaíno de Zamudio, o en
los proyectos de Lectura fácil para personas con enfermedad mental grave
apoyados en diversas bibliotecas municipales.
Bibliotecas como impulsoras de actividades
asistenciales.
Con el mejor deseo de intentar
reproducir intramuros la sociedad del exterior, incrementando los recursos a
disposición de los pacientes, favoreciendo la interacción grupal y estimulando
la participación en la vida institucional, las corrientes en torno a las
comunidades terapéuticas en Inglaterra, la psicoterapia institucional en
Francia y en general los primeros movimientos comunitarios, hicieron que en la
segunda mitad del s. XX los hospitales de fueran dotando de centros sociales y
“clubs” con cafetería, tienda, peluquería, etc., se aumenten las actividades
recreativas, así como se propongan algunos órganos de participación de los
pacientes.
Por ejemplo, en Sevilla, se da
referencia de los grupos creados, entre ellos la biblioteca, junto a los de
costurero, lavadero, cocina, vivero, basura, carga y descarga, carpintería y
pintura, muñequería y espartería, gimnasio, cinefórum y reunión del Club
Social, entre otros (Ren. 1976; marzo: 7). Y, a la pregunta de si se puede
convertir un manicomio en un hospital psiquiátrico, uno de sus profesionales
respondía:
Si una
institución psiquiátrica tiene a sus pacientes mudos, aburridos, quietos o
dormidos es que se trata de un manicomio. Un hospital psiquiátrico tiene una
vida, un dinamismo. Desde una laborterapia hasta un comité de actividades,
recreativas, desde una biblioteca a un departamento de ludoterapia… Un
manicomio es algo detenido en el tiempo e inmóvil que cronifica por ello a
todos sus miembros. El hospital psiquiátrico se moviliza y late, permitiendo
que la vida corra por sus fronteras (Ref. 1974; junio: 15-7).
Para poco tiempo después
publicarse, también en Sevilla, un artículo titulado Introducción del
cambio en un hospital psiquiátrico donde se anunciaba, de forma bastante
ilusoria y como reflejo del entusiasmo por el cambio de muchos profesionales en
dicha época, la construcción de un nuevo Centro Social que, además de la
biblioteca incluiría:
(...)
pequeñas tiendas (estanco, papelería, periódicos, etc.), así como peluquería,
biblioteca, discoteca, salas de juegos, cafetería, caja de ahorros, salas de
espectáculos, etc. Independientemente, pero en relación con el centro social se
habilitarán talleres, gran salón de espectáculo, etc.” (Re,
1976; marzo: 21).
Instalaciones que, ampliando la noticia en
un número posterior, se proyectaba estuvieran atendidas por residentes del
sanatorio, que pasarían a engrosar la plantilla de los entonces 457 pacientes
trabajadores del servicio de rehabilitación de los aproximadamente 1.250
enfermos ingresados (Ren. 1976; abril-mayo: 6).
Las bibliotecas hospitalarias,
la mayor parte de las veces con un punto de partida muy precario, mínimamente
dotadas más allá de algunos ejemplares donados por la propia plantilla del
hospital, muchas veces sin mayor interés en sus contenidos para los objetivos
previstos, y en general sin recursos humanos dedicados, participaron en los
fanzines hospitalarios, bien a través del personal bibliotecario en los escasos
lugares donde contaban con ellos, o generalmente mediante los pacientes
encargados de ellas. Pero también, sin poder referirnos a un objetivo
estrictamente biblioterápico, algunas fueron más allá de su objetivo meramente
cultural-recreativo, implicándose en diferentes tareas de animación ambiental y
estimulación grupal.
La
dotación de una biblioteca, o su mejora, fue visto como un paso en la reforma
de las instituciones. Por ejemplo, Vida Nueva de Zaragoza, en una reseña
en la que presenta al Hospital Psiquiátrico de Oviedo como ejemplo de modernización,
servicios abiertos, adaptación y reincorporación social explica que para la
promoción de actividades terapéuticas socio-recreativas se contaba allí con un
centro social que incluía una biblioteca (Vid. 1971; 28: 4), publicación que
dejó también constancia del debate suscitado en torno a dónde colocar la
biblioteca, reflejo de dinámicas internas y puntos de vista de las religiosas y
profesionales (Vid. 1972; 43: 10). Se salía al paso de una necesidad no
contemplada hasta entonces, tal y como también ocurrió en el hospital de
mujeres de Ciempozuelos donde, a finales de los 60, se recoge la necesidad de
un local para biblioteca, además de una sala de exposiciones y una cafetería o
club social (López de Lerma y Díaz, 1991). Biblioteca que en el caso del
hospital de hombres empezó a coger forma solo años después a base de
donaciones, ya que no hay jueves o domingo que alguna persona nos entregue
algún libro (Nue-a. 1976; IV trim.: 10), abriéndose al público meses
después con el apoyo de Juan Carlos A. G, como bibliotecario y colaborador en
la revista (Nue-a. 1977; I trim.: 15). De igual manera, también en Murcia se
animan con la idea de ampliar su biblioteca, en este caso dotándola con un
fondo inicial de 25.000 pts. (Amb. 1978; 0:19; 1:2).
En algunos lugares promovieron
actividades puntuales, tal y como hizo la Comisión de Biblioteca-Periódico en
Reus, vendiendo libros, tebeos, revistas y flores para celebrar el Día del
Libro y de la Rosa en la “Plaza del Pueblo” del hospital de Reus (Clu. 1998;
abril:3).
Es posible que las bibliotecas, allí donde
las tuvieran, mejor que otras instalaciones tradicionalmente asociadas con la
cronicidad manicomial, fueran un recurso institucional merecedor de ser
mostrado al exterior como testimonio vanguardista de los aires de cambio
institucional. Así parece que ocurrió en Lugo, tal y como relató Anselmo a raíz
de una entrevista que le hicieron para la televisión gallega: (…) estuvimos
en la sala del periódico, en la biblioteca, la sala de pintura, en la
carpintería y otras más (Fal. 1995; 44: 7).
Otro ejemplo de bibliotecas con ese ánimo vivificante lo encontramos en Alicante, cuando al hablar del servicio de rehabilitación, en el apartado de socioterapia, se incluye a la biblioteca junto al club social, los deportes, el cine y las excursiones (Ele. 1983; 5: 4). Biblioteca que acogió en sus instalaciones otras actividades como exposiciones de dibujo, pintura, belenes y manualidades (Ele. 1983; 8: 10). Yendo más allá en la ambición terapéutica, en Murcia incluso se crearon dos grupos psicoterapéuticos específicos, uno para los realizadores de nuestro periódico y el otro para los socios lectores de la biblioteca (Amb. 1978; 0:19).
Referencias a las bibliotecas en los
fanzines hospitalarios.
Algunas referencias son
relativamente genéricas, de pasada y sin mayor profundización (Tap. 1976;
13:21). Algo más decía en Valencia “un enfermo” quien, en su colaboración Trozos
de mi diario, anunciaba haberse hecho lector de la biblioteca, donde se
facilitaban gratuitamente no solo libros, si no que también hay
"Tebeos", que distraen mucho la mente y nos gustan a los mayores
tanto como a los niños (Voz-p. 1975; 4:10). Tampoco en Madrid parece que
los libros fueran los más valorados:
(…) la
biblioteca siempre se haya concurrida y nos permite “estar al día” gracias a la
lectura de la prensa diaria (para el que guste de ello) y de multitud de
revistas, amén de unos cuántos libros (a decir verdad, libros se piden pocos
por el grupo de enfermos) (Nue-p. 1980; 4:9).
Publicaciones como el ABC
o la Revista de Castilla-La Mancha que le prestaba el bibliotecario en
Alcoholete a quien escribía sobre El último libro que he leído, aunque
no recordara cuál era (Vel. 1999; 2º semestre: 27). Mientras que Nuria T, en
Reus, en Hablando de libros se muestra más interesada en los tomos de
Selecciones del Readers Digest, pues en estos libros hay un poco de todo… pues
las novelas que hay allí casi todas las he leído (Clu. 1976; 13:4). También
DARA, en Las Palmas, en su colaboración titulada Una admiradora del Cuco
hace referencia a la biblioteca de la planta de hospitalización como algo
reseñable (Cuc. 1977; 3: 18).
Una de las secciones editoriales
más frecuentes, con ligeras variaciones en su nombre, fue Lo que nos gusta y
lo que no… En una de estas encontramos las actividades que se hacen en
la biblioteca y club social incluidas entre los aspectos positivos
reseñables, en contraposición, por ejemplo, a la falta de limpieza en los
servicios o el aumento de precio en la tienda y bar (Eco. 1998; 23: 12).
Además de las anteriores referencias,
más o menos escuetas, también se encuentran colaboraciones donde se habla de la
biblioteca en mayor extensión. Por ejemplo, en el hospital psiquiátrico penitenciario
de Sevilla, donde “Soriben” colabora con una reseña de tres importantes libros
disponibles en la biblioteca del centro, animando a su lectura como un modo
de defensa y superación de la triste pesadilla que nos espera día a día, que
nos atrapa, nos engulle y nos ahoga hasta la saciedad (Rev. 2002; 11: 14-7).
También en Sevilla, pero en el psiquiátrico de Miraflores, el “Comité rector de
la biblioteca” informaba que desde octubre de 1974 estaba en funcionamiento la
biblioteca para los pacientes, atendida exclusivamente por estos mismos,
pasando de 100
a 500 volúmenes además de revistas y periódicos. Sin embargo, precisan, el
nivel cultural de la población hospitalizada resultaba bastante bajo, con una
alta proporción de quienes no sabían leer ni escribir y un gran número solo
interesados en tebeos y novelas rosas, o que se conformaban simplemente con
ojear las revistas. Por el contrario, la referencia explícita a don Gerardo V.
y don Miguel F., a quienes se considera lectores asiduos, refleja la especial
relevancia que ese recurso supuso como evasión para un reducido grupo de
pacientes. En cuanto a las trabas para su uso, señalan un par de ellas que
también se recogen en otros lugares: la prohibición de sacar libros por
temor a perderse, y el horario de apertura, coincidente con otras actividades
recreativas de mayor tirón (cine, bailes y espectáculos…) (Ren. 1976; abril-
mayo: 10), alguno más de los absurdos y contradicciones de las grandes
instituciones.
En
relación con la prohibición de sacar libros, en Valladolid se esquivó a través
de préstamos exclusivos a quienes se hicieran socios (Alt. 1978; 8: 8) y,
décadas después, en Sant Boi, mediante una “ficha de lector” que permitía sacar
el libro durante 15 días (Eco. 1998; 27: 2).
También entre las páginas consultadas encontramos
referencia al número y tipo de volúmenes disponibles, generalmente a través de
donaciones del personal y algunas compras. En relación con esas donaciones, las vemos
agradecer en Murcia a un “empleado ejemplar” por un lote de novelas
variadas, algunas del Oeste (Amb-m. 1966; 35: 2), o a unos de los
psiquiatras por acordarse de nosotros y amenizar nuestro tedio con un lote
de revistas (Amb-m. 1968; 116: 2). También en Sant Boi parece fueron bastantes,
aunque hubiera tan poca afición a la lectura según se quejaba “La
Comisión de la Revista” (Eco. 1998; 25:12). Donaciones que eran solicitadas por los propios pacientes
para engrosar
los magros fondos bibliotecarios, como
atestigua la
“carta al periódico” firmada por “los enfermos”, donde leemos:
Queridos
compañeros: os comunicamos que en la biblioteca tenemos muy poco material
literario, por lo cual rogamos que si nos queréis ayudar traigáis todos los
libros, revistas y novelas que podáis. Dando las gracias anticipadas se
despiden de todos vosotros. Los enfermos. (Nue-p. 1979; 1: 7).
En cualquier caso, y sin ánimo de menospreciar las buenas
intenciones de los donantes, tampoco sería aventurado pensar que, al menos
parte de los fondos donados, fueran ejemplares de escaso interés o actualidad,
precisamente aquellos de los que menos costaba desprenderse, entendiéndose así
quizás mejor la queja del presidente del Psico-Club murciano: Tenemos la
biblioteca, pero quizás necesitara más variedad de libros, además hay libros
que nadie los lee porque no son apropiados (Amb. 1983; 15: 17-24).
Quedando claro que, salvo excepciones que pudieran haber
existido, la dotación económica de las bibliotecas no fue una prioridad
estructural, así como tampoco podemos presuponer que allí donde existiera esta
fuera espléndida. De la comparación que se puede hacer entre los
textos consultados, resulta evidente la existencia de grandes diferencias entre
los fondos bibliográficos de unas instituciones y otras, oscilando entre el
mayor número y variedad de los establecimientos privados, donde predominaba una
población más culta, a aquellos otros de carácter público, menos dotados y
acogiendo un mucho mayor número de iletrados.
Como ejemplo que nos sirve de contraste, en el
Pere Mata, a pesar de la escasa concurrencia y el lamento del vocal de biblioteca que escribe: ... más
penoso que los libros que piden sean novelas tanto policíacas como de amor y no
tomen interés por libros, no diré de texto, sino que tengan algún contenido,
este apunta la existencia de 800 libros en 1975 (Clu. 1975, 1: 3), para luego
seguir viendo reflejada en su publicación interna la incorporación regular a lo
largo de los años de diferentes títulos de indudable interés, tales como la
colección de los 23 premios Planeta (Clu. 1975; 10: 5-6), la referencia a los
libros disponibles de autores como G. K. Chesterton, Agatha Christie, Georges
Simenon, Stanley Gardner o Benito Pérez Galdós (Clu. 1978; s.n.: 7). O, años
después, recordar la disponibilidad de todos los premios Planeta y Nadal (Clu.
1984, 61: 13). Una
situación aparentemente alejada de la disponible en Lugo donde, a pesar de
haber recibido una enciclopedia de historia del s. XX de 16 volúmenes (Fal.
1989: 2: 21), poco después, preguntado el Vicevaledor do Pobo por lo que
encontró a faltar en su visita al hospital, este respondía: Lo que más noté en
falta, fueron instalaciones deportivas y quizá la Biblioteca y la forma de
recreo, podían estar mejor dotadas. Con más personas leyendo y haciendo
actividades deportivas (Fal. 1991; 20: 5). Consejo que poco se tuvo en
cuenta, a tenor de lo que Falemos publica años más tarde en su sección
de “noticias breves”: Desde hace tiempo el compañero Antonio Moreda está
tratando de organizar una pequeña biblioteca en el centro. Su tarea está
avanzada y desde estas páginas animamos a todos los internos a la lectura
(Fal. 1998; 56:14). Señalaremos aquí que Antonio Moreda fue un destacado
galleguista que pasó largos años ingresado hasta su fallecimiento, muy activo
colaborador de Falemos y habiendo participado también en otras
publicaciones con participación de pacientes como Gaiola Aberta y Maxi
(VV. AA. 2000; Santos y Diéguez, 2010).
Así, la mayor parte de las referencias a las
bibliotecas son referidas a las limitaciones que están presentaban. Resumidas
magistralmente en la irónica esquela que alguien pegó en la puerta de la
biblioteca de Reus en un
lejano año de 1957,tal
y como dio cuenta el Esquizográfico
(Esq. 1957; 20: 9):
CERRADO
POR DEFUNCIÓN DE DOÑA PÁLIDA BIBLIOTECA RANCIA (E.P.D). Debido al disgusto de
no procurarle libros nuevos. Los desolados restos de su escuálida familia
libresca le ruegan una lánguida oración por su merecido eterno descanso y le
dediquen el siguiente
EPITAFIO
¡Pobre doña Biblioteca
muerta de aburrimiento,
de aplicarle la Ley Seca
y tener tanto esperpento!
O esta otra referencia a la
biblioteca de Ciempozuelos en el artículo Pepe en el país de los lunáticos,
donde se da cuenta de las instalaciones del hospital: Para los amigos de la
lectura hay una estupenda biblioteca (me refiero a los muebles, los libros no
valen una papa) (Nue-c. 1959; 12: 4). Tono humorístico que, utilizado también en otros muchos
temas conflictivos, suavizó las denuncias realizadas y pudo ayudar a salvar
eventuales barreras censoras. Ironía a la que también se recurre dos décadas después, en
un número extra correspondiente a un concurso literario. En una narración burlesca, remedo de lo
que pudiera ser una asamblea del club social, se hace referencia a lo mal que se cuidaba la
biblioteca, así como se denuncia que se primaba la literatura barata en
detrimento de los libros “de texto”:
Vocalía
de biblioteca, hemeroteca y todo lo terminado en teca, como manteca. Dio las
gracias por haber recibido 400 novelas de malos, buenos y puñetazos, y que
leyendo estos libros ganaremos mucha cultura, diciendo que los libros de texto
se han vendido como papel viejo, para así poder tener fondos para hacer una
excursión a Paret Delgada, como es costumbre, y comer arroz (Clu.
1978; n.º extra: 8-9).
Por otra parte, en una entrevista al bibliotecario
del Pere Mata, este nos
informa de la merma de fondos debido a los desaprensivos que se llevan las
revistas… pese a nuestra constante vigilancia, hay personas que siendo “cleptómanos” o
simples rateros, se dedican a sustraer..., proponiendo seguidamente, como drástica
respuesta, que el local se cerrara cuando el bibliotecario no estuviera en
servicio (Clu. 1975; 8: 8). Molesta
desaparición de periódicos que también sucedía en Murcia y a la que intentó dar
solución el carpintero del centro con unos “portaperiódicos” de madera (Amb.
1983; 17: 7). Sin embargo, a la larga, tampoco parece que fuera esta la mejor
solución, ya que, contando solo con tres ejemplares de periódicos, que parece
eran retenidos durante tiempo por los “socios colaboradores” (podemos presuponer que
personal de plantilla), con
lo que condenaban así a la biblioteca a no ofrecer aliciente para acudir, ello añadido a la
penuria e inadecuación de su fondo editorial y al calor insoportable del local (Amb.
1983; 15: 17-24).
A pesar de las limitaciones, otras
mantenían el ánimo anunciándose e invitando a visitarlas con cierta dosis de
humor, por ejemplo, en la Biblioteca-Club Social de Sant Boi, prometiendo
disfrutar de su “aire condicionado al exterior” a la vez de una buena
lectura (Eco. 1998;26: 2).
De igual forma, las páginas de los fanzines
hospitalarios también se utilizan para llamar la atención sobre la
necesidad de cuidar los ejemplares disponibles. Así lo reclamaba el periódico
mural de Alicante
en relación con el manejo de las novelas más leídas, no
doblando las tapas ni las hojas, o en el wáter arrancando alguna hoja…
(Amb-m. 1966; 34: 1). No sabemos si esta última consideración era hecha como simple licencia
humorística o se ajustaba más o menos a la realidad, toda vez que la falta de
papel higiénico en algunas instituciones parece ser no fue algo
raro, tal y como atestigua
el ruego en Madrid de
si se tiene a bien poner papel higiénico en los servicios, pues es muy
lamentable el que tengamos que guardar las servilletas de las comidas para ir
al servicio (Nue-p. 1979; 2:9).
Por último, reseñaremos aquí un interesante cruce de
mensajes entresacado, entre junio y noviembre de 1966, del mural murciano Ambiente
(López Navarro y Martinez Benítez, 2016). Una tenaz porfía de la
redacción frente a Luis Valenciano (Pacheco Larrucea et al., 2023), impulsor de
la publicación y poco antes de que este asumiera la dirección del hospital. Polémica
que ejemplifica las
limitaciones y penurias que todas aquellas experiencias tuvieron para
sobrevivir, aunque también nos habla del intento de acercamiento entre
profesionales y pacientes, así como del cambio que en un momento dado empezaron
a alumbrar las instituciones psiquiátricas. Todo se inicia con la
publicación de un recorte con la fotografía de un diccionario enciclopédico, adherido a modo de collage a la
publicación mural, bajo la que se incluye un texto manuscrito:
Presentamos
a D. Luis el modelo de diccionario que para la biblioteca y redacción de
“Ambiente” desearíamos tener. Recordándole a un tiempo que un diccionario es a
una biblioteca y redacción tan imprescindible como el pan a una mesa, ya nos
conformaríamos con el Espasa reducido a un tomo que se halla a la venta en las
buenas librerías. (Amb-m. 1966, 17: 1).
Reclamación que debe ser
recordada meses después
con un lacónico mensaje: NECESITAMOS UN DICCIONARIO para la
redacción de “Ambiente” - ¿Nos lo darán? Chi lo sa (Amb-m. 1966;
33 :1). Para, poco
después, con la expresiva imagen del perfil de una persona en negro
gritar: ¡Necesitamos un diccionarioo! (Amb-m. 1966; 34:1).
Asunto irresuelto que
lleva al entonces director de Ambiente, Enrique Sánchez Alberola,
reconocido pintor murciano y colaborador activo de la publicación, directamente al despacho de
Valenciano para interesarse por el diccionario y posteriormente publicar la
entrevista mantenida:
Interviu
con el doctor Valenciano, referente a nuestro diccionario.
Visitamos
a D. Luis en su despacho y, tras de saludarlo cordialmente, le espetamos sin
más preámbulos:
-
D. Luis, necesitamos un diccionario.
-
Muy bien, y yo necesito un aeroplano.
-
Vamos a ver, estimado doctor, ¿le gustaría
a usted que la redacción de “Ambiente” le regalara ese aeroplano?
-
Sí que me gustaría, estimado redactor.
-
¡Bueno! … ¿Pero no pretenderá Vd. que la
redacción le regale un aeroplano? ¿Verdad?
-
No pretendo tal cosa, Alberola; pero “a
nadie le amarga” … un aeroplano.
-
A nosotros tampoco “nos amargaría” … un
diccionario; pero con la diferencia de que nosotros sí pretendemos que Vds. nos
lo compren.
-
Veamos, ¿qué diccionario quieren Vds.?
-
El diccionario enciclopédico de la Real
Academia, o el diccionario Espasa reducido a un tomo, o bien el diccionario
Sopena. Cualquiera de los tres es bueno.
D.
Luis apunta maquinalmente en el diario que tiene a mano: ¡los redactores de
“Ambiente” necesitan un diccionario!
Y no
queriendo hacerme más pesado, me despido de don Luis estrechando su mano que me
extiende afablemente.
E. S. Alberola. (Amb-m. 1966; 35: 2).
No sabemos cuál fue el
desenlace del asunto, pero el frente siguió abierto con cierta virulencia: Don
Luís ¿hace Vd. el favor de comprarnos el diccionario…? … ¿No? Entonces … se lo
continuaremos pidiendo hasta que echen los cimientos de otro nuevo manicomio
(Amb-m. 1966; 38: 1).
| BIBLIOGRAFÍA | |
| >>>>>>>>>>>> Consultar aquí toda la bibliografía citada hasta esta entrada | |
| Dunkel, L. M. Moral and Humane: Patients’ Libraries in Early Nineteenth-Century American Mental Hospitals. Bulletin of the Medical Library Association, 1983. 71 (3), pp. 274-81. Accesible en: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC227192/ | |
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| Martínez Azumendi, Óscar. Lectura, escritura y bibliotecas en el hospital psiquiátrico. Sociología Histórica, 2025; 15(1), 359–392. https://doi.org/10.6018/sh.692041 . Accesible en https://revistas.um.es/sh/article/view/692041/393291 | |
| Gray Blair, Laura Elizabeth. ‘Library as Laboratory’: Moral Treatment, Patient Libraries and Reading in Nineteenth-Century British Asylums. Tesis doctoral. Queen Mary, University of London, School of History. 2025. Accesible en: https://qmro.qmul.ac.uk/xmlui/bitstream/handle/123456789/104179/Blair_Library-as-Laboratory.pdf | |


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2 comentarios:
Buenos días Oscar, como siempre muy sugerente tu entrada. En el Hospital psiquiátrico de Bétera también había una biblioteca y un bibliotecario Manuel Arranz. Quizás a través de Cándido se podría contactar con él, seguro que tiene historias interesantes que contar.
Buenos días, Ana. Muchas gracias por tu sugerencia. Realmente bibliotecas hubo en muchos hospitales, probablemente la mayoría, pero generalmente eran para los profesionales. Las bibliotecas para los pacientes no fueron tan frecuentes. No sé si fue ese el caso de Bétera. Muchas veces lo que sí había era lecturas que traían familiares, visitas y personal por las salas. Saludos.
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