jueves, 23 de abril de 2026

491. Libros entre muros. Bibliotecas, lecturas y psiquifanzines en los hospitales psiquiátricos


Cuando pensamos en un manicomio histórico, la imagen que suele venirnos a la cabeza no incluye precisamente estanterías llenas de libros ni salas de lectura silenciosas. Sin embargo, aunque pueda sorprender, algunos hospitales psiquiátricos contaron también con bibliotecas destinadas a los pacientes.

Cada vez me resulta más difícil encontrar un asunto que pueda servirme como entrada para el blog y que no resulte, de algún modo, repetitivo. Pero en esta ocasión creo que el tema elegido no es precisamente algo que, en el imaginario social, se asocie de entrada con el prototipo de manicomio que solemos tener en la cabeza. Además, me va a permitir no solo cumplir con el objetivo psiquifotero, sino también llamar la atención sobre otra de mis aficiones: los psiquifanzines, que voy censando y divulgando en mi otro blog: www.psiquifanzines.com, como forma de intentar llamar la atención sobre esas experiencias y favorecer su conservación.

Me estoy refiriendo concretamente a las bibliotecas que algunas instituciones dispusieron —con mayor o menor dotación de fondos— para las personas allí ingresadas, especialmente para la población “pensionista” o de pago.

Con ese primer objetivo en mente, he reunido algunas imágenes de bibliotecas en instituciones psiquiátricas que he ido encontrando a lo largo del tiempo. No son muchas, todo hay que decirlo. Por eso, junto a las fotografías he incluido también algún grabado. Estas imágenes más antiguas nos permiten asomarnos al aspecto de las bibliotecas y salas de lectura en una época en la que la fotografía todavía no formaba parte del repertorio habitual de documentación institucional.



Biblioteca de los Señores pensionistas. San Baudilio de Llobregat, Barcelona (1871).



Salón de lectura y biblioteca.
Instituto Frenopático de Las Corts de Sarriá en Barcelona (1874).



Vista de la Biblioteca del Instituto, en donde estudian los Sres. pensionistas.
San Baudilio de Llobregat, Barcelona (1877).



Biblioteca de la Casa de Orates de Nuestra Señora de Los Ángeles. Santiago, Chile (1901).



Biblioteca. San José Ciempozuelos, Madrid (1926).



Biblioteca del pensionado. San José Ciempozuelos, Madrid.

Si las imprentas hospitalarias, de las que ya nos ocupamos en una entrada anterior, tuvieron un importante papel en la denominada laborterapia, las bibliotecas lo tuvieron en el denominado tratamiento moral. Los libros se utilizaron como distracción y entretenimiento, así como terapia (biblioterapia o terapia por la lectura).

 
Azulejos decorativos en la fachada de uno de los pabellones del Institut Pere Mata, Reus - Tarragona (final XIX - principio XX). Fotos © Psiquifotos, 2017.

Acompañándolas, vemos la aparición de diversas publicaciones donde se divulgaban los escritos de los pacientes, con el doble fin de promover una actividad intelectual, así como proyectar la institución al exterior. Los fanzines hospitalarios, surgidos tempranamente en el siglo XIX, han sobrevivido a lo largo de los años adaptándose a los tiempos. Desde un punto de vista historiográfico y en primera persona, aquellas modestas publicaciones, en grave riesgo de perderse muchas de ellas para siempre, adquieren un especial valor añadido como fuentes primarias de conocimiento del día a día institucional. El trabajo, parte de un proyecto más amplio (www.psiquifanzines.com), se fundamenta en la revisión de un extenso número de publicaciones editadas, con el concurso de los pacientes, en los hospitales psiquiátricos españoles durante el siglo pasado y que, si ya nos permitió conocer algo más de la cotidianidad institucional tal y como quedó reflejada entre sus páginas, así como de otros aspectos relativos a la transición y reforma psiquiátrica en España, en esta ocasión, nos ayudará a ilustrar aspectos relacionados con las bibliotecas, la lectura y la escritura en los hospitales psiquiátricos.


Tratamiento moral. Biblioterapia, lectura y escritura en el hospital psiquiátrico.

Remontándonos al primer tercio del siglo XIX, cuando surgieron por primera vez las publicaciones a las que nos referimos, observamos una práctica inexistencia de abordajes asistenciales más allá de los meramente custodiales, con métodos más punitivos que terapéuticos. Un panorama desolador que, tras la liberación en 1792 de las cadenas de los locos de Bicêtre por Pinel, en algunos lugares se buscó mejorar mediante el denominado “tratamiento moral”. Enfoque humanitario (no físico o médico), con importante recurso a actividades y entretenimientos que hoy incluiríamos principalmente en la terapia ocupacional y recreativa. Con esa idea, se prescribía trabajo corporal a los crónicos, mientras que para los “curables” se proponía el uso racional de la mente y de las actividades recreativas de la época:

Para este fin, los manicomios deberían estar bien provistos de libros, mapas y aparatos ilustrativos de las diferentes ciencias, y también de colecciones de historia natural, etc. Deberían establecerse escuelas en todas las instituciones para locos, donde los pacientes pudieran dedicarse a la lectura, la escritura, el dibujo, la música, la aritmética, la geografía, la historia y también estudiar algunas ciencias… (Anónimo, 1847).

Todo ello complementado por bibliotecas, a las que se dieron gran importancia como medio de formación y entretenimiento para los pacientes, dotándose de ellas los mejores hospitales de Europa y Estados Unidos (Dunkel, 1983).

No me detendré ahora en la parte del trabajo que aborda desde los "albores de la biblioterapia" a los "periódicos y revistas internos como proveedores de fondos para las bibliotecas". "Las imprentas hospitalarias" y la "participación de los pacientes en la elaboración de las publicaciones internas y biblioteca", para lo que animo a consultar el artículo original a quien quiera ampliarlo, para pasar directamente al apartado que aborda el "papel de las bibliotecas en la vida institucional".

* Nota: En interés de una mayor brevedad y comodidad bibliográfica, las referencias a las publicaciones citadas solo se harán entre paréntesis en el cuerpo del texto, abreviándose su título (para quien estuviera interesado, tal y como aparece en la tabla 1 del artículo original), seguido del año, número y página del pasaje citado. 

 


Extracto de la crónica que la sección de excursiones del Ateneu Enciclopédic Popular realizó al manicomio de la Santa Creu (Barcelona) en 1918.


Papel de las bibliotecas en la vida institucional.

Seguramente no se podrá decir que la biblioteca fuera una de las principales inquietudes que tuvieran los residentes de una institución psiquiátrica. A pesar de que estas tuvieron una innegable importancia para un limitado número de ellos, la mayor parte prefería otro tipo de actividades recreativas. Así lo muestra una pequeña encuesta realizada entre los internos de un pabellón en Mondragón, donde las sugerencias que predominan son las referidas a distracciones tales como cine, excursiones y fiestas, apareciendo solo de forma testimonial la biblioteca (Glo. 1982; 1:12). Desinterés relativo que también era extensivo a otras actividades educativas como las “tardes culturales” de Murcia, donde disertaciones como la titulada Antecedentes sobre bibliotecas. Su presente y su futuro no parece arrastraron mucho público, llegándose a efectuar sorteos de tabaco al final de las charlas con el fin de estimular la asistencia (Amb. 1978; 2: 17).

En cualquier caso, la biblioteca aparece como significante de cierto valor en el mundo interno para algunos pacientes, no solo para a los que antes nos hemos referido como “intelectuales”, si no para otros aparentemente más desestructurados, tal y como leemos en la publicación zaragozana: Estoy aquí, en la biblioteca del psiquiátrico, y trato de estar paseando como tantos ratos por el parque (Rfl. 2002; 11: 12); o en el relato Uno de los locos se rebela, el manicomio tiene una biblioteca y él intenta aprender todo lo que pueda, cuando se fuga es capturado y llevado a la Universidad. El saber, sobre todo de naturaleza, te hace libre (Rfl. 2003; 14: 22).

La biblioteca también sirve como inspiración a María P. para un breve relato en cinco entregas titulado la Asamblea misteriosa, donde las diferentes publicaciones de una biblioteca cobran vida a medianoche, para interactuar entre ellas en un entretenido desorden que da paso a una más ordenada sesión donde actuaba de secretario la hoja del calendario de aquel día, un soberbio 8 de noviembre, rollizo y cabezudo, dio cuenta del incremento en el número de lectores observado en la biblioteca (Clu. 1975/76; n.º 9 a 13), cuento quizás inspirado en aquellas otras asambleas que llevaban a cabo los pacientes del Club del Pere Mata.


Bibliotecas como impulsoras y conservadoras de los periódicos y revistas internas y otras actividades asistenciales.

A pesar de ser reconocida su utilidad y aconsejada la dotación de bibliotecas hospitalarias, en España, salvo excepciones en instituciones con pacientes privados (Figura 5), hasta bien entrado el s. XX no hubo lugar para libros ni revistas, tampoco bibliotecas bien dotadas ni organizadas, siquiera para sus profesionales.

Las corrientes de reforma asistencial que inundaron el país favorecieron igualmente la aparición de tímidas y generalmente no muy bien dotadas experiencias bibliotecarias. Por ejemplo, en 1981 el Instituto Madrileño de Salud Mental (I.M.S.A.M.) promovió una biblioteca especializada en el psiquiátrico provincial (actual Hospital Dr. Rodríguez Lafora), que sirviera como apoyo impulsor de la psiquiatría (Berges, 1983) y, más interesante para lo que ahora nos ocupa, sirviera como archivo de literatura gris (Corral-Alonso et al., 2013). Literatura gris (no convencional o invisible) en referencia a aquellos documentos que, como en el caso de las publicaciones intrainstitucionales, no se difunden por los canales ordinarios de publicación y distribución, lo que genera problemas de acceso y conservación.

Así lo reivindicaba la Hoja Informativa del hospital en uno de sus editoriales:

Si el valorar una revista es importante, también lo es que en algún momento tenga valor histórico-cultural, y como no, el guardar estas y más tarde encuadernarlas, las hace subir a nivel de bibliófilo. (Hoj. 1983; 11:1).

Una precaución que, salvo los promotores de cada publicación particular a título personal, muy pocas instituciones parece tuvieron.

La existencia de una más entusiasta y potente biblioteca en algunas instituciones ha permitido la conservación de algunas colecciones, incluso incompletas, de ciertas revistas, además de otra documentación que ahora resulta de un gran interés para entender su funcionamiento y objetivos. Es el caso del “libro de periódico” y “cuaderno de pabellón” del Pere Mata, donde se encuentran referencias a las actas referidas a las elecciones a vocal del periódico y de la  biblioteca (Labad, 2016).

Pero las bibliotecas no solo actuaron como archivo y suministro de lecturas a la población hospitalizada (o a los profesionales), sino que también fueron más allá. La página de créditos de algunas de las revistas deja constancia de la participación de las personas encargadas de la biblioteca, bien como partícipes en la elaboración de estas, como en la zaragozana Comunidad (Com.), u ocupándose de la distribución, como fue el caso de Amunt (Amu.) en Santa Coloma de Gramenet y la Hoja Informativa (Hoj.) madrileña. Igualmente encontramos reflejos de como sugirieron e impulsaron actividades, como hizo la bibliotecaria de Santa Coloma que, tras recibir desde Oviedo un número de Adelante, les responde poniendo en valor la existencia de un periódico de sus características y la importancia de la escritura, para sugerir seguidamente algunas actividades relacionadas como pudiera ser la convocatoria de un concurso literario y que además sirviera para alimentar las páginas del periódico (Ade. 1976; 7: 2).

Más recientemente, algunas bibliotecas se han implicado directamente en diferentes actividades de lecto-escritura, como el taller y blog Aventureros de las palabras del hospital vizcaíno de Zamudio, o en los proyectos de Lectura fácil para personas con enfermedad mental grave apoyados en diversas bibliotecas municipales.

 

Bibliotecas como impulsoras de actividades asistenciales. 

Con el mejor deseo de intentar reproducir intramuros la sociedad del exterior, incrementando los recursos a disposición de los pacientes, favoreciendo la interacción grupal y estimulando la participación en la vida institucional, las corrientes en torno a las comunidades terapéuticas en Inglaterra, la psicoterapia institucional en Francia y en general los primeros movimientos comunitarios, hicieron que en la segunda mitad del s. XX los hospitales de fueran dotando de centros sociales y “clubs” con cafetería, tienda, peluquería, etc., se aumenten las actividades recreativas, así como se propongan algunos órganos de participación de los pacientes.

Por ejemplo, en Sevilla, se da referencia de los grupos creados, entre ellos la biblioteca, junto a los de costurero, lavadero, cocina, vivero, basura, carga y descarga, carpintería y pintura, muñequería y espartería, gimnasio, cinefórum y reunión del Club Social, entre otros (Ren. 1976; marzo: 7). Y, a la pregunta de si se puede convertir un manicomio en un hospital psiquiátrico, uno de sus profesionales respondía:

Si una institución psiquiátrica tiene a sus pacientes mudos, aburridos, quietos o dormidos es que se trata de un manicomio. Un hospital psiquiátrico tiene una vida, un dinamismo. Desde una laborterapia hasta un comité de actividades, recreativas, desde una biblioteca a un departamento de ludoterapia… Un manicomio es algo detenido en el tiempo e inmóvil que cronifica por ello a todos sus miembros. El hospital psiquiátrico se moviliza y late, permitiendo que la vida corra por sus fronteras (Ref. 1974; junio: 15-7).

Para poco tiempo después publicarse, también en Sevilla, un artículo titulado Introducción del cambio en un hospital psiquiátrico donde se anunciaba, de forma bastante ilusoria y como reflejo del entusiasmo por el cambio de muchos profesionales en dicha época, la construcción de un nuevo Centro Social que, además de la biblioteca incluiría:

(...) pequeñas tiendas (estanco, papelería, periódicos, etc.), así como peluquería, biblioteca, discoteca, salas de juegos, cafetería, caja de ahorros, salas de espectáculos, etc. Independientemente, pero en relación con el centro social se habilitarán talleres, gran salón de espectáculo, etc.” (Re, 1976; marzo: 21).

Instalaciones que, ampliando la noticia en un número posterior, se proyectaba estuvieran atendidas por residentes del sanatorio, que pasarían a engrosar la plantilla de los entonces 457 pacientes trabajadores del servicio de rehabilitación de los aproximadamente 1.250 enfermos ingresados (Ren. 1976; abril-mayo: 6).

Las bibliotecas hospitalarias, la mayor parte de las veces con un punto de partida muy precario, mínimamente dotadas más allá de algunos ejemplares donados por la propia plantilla del hospital, muchas veces sin mayor interés en sus contenidos para los objetivos previstos, y en general sin recursos humanos dedicados, participaron en los fanzines hospitalarios, bien a través del personal bibliotecario en los escasos lugares donde contaban con ellos, o generalmente mediante los pacientes encargados de ellas. Pero también, sin poder referirnos a un objetivo estrictamente biblioterápico, algunas fueron más allá de su objetivo meramente cultural-recreativo, implicándose en diferentes tareas de animación ambiental y estimulación grupal.

La dotación de una biblioteca, o su mejora, fue visto como un paso en la reforma de las instituciones. Por ejemplo, Vida Nueva de Zaragoza, en una reseña en la que presenta al Hospital Psiquiátrico de Oviedo como ejemplo de modernización, servicios abiertos, adaptación y reincorporación social explica que para la promoción de actividades terapéuticas socio-recreativas se contaba allí con un centro social que incluía una biblioteca (Vid. 1971; 28: 4), publicación que dejó también constancia del debate suscitado en torno a dónde colocar la biblioteca, reflejo de dinámicas internas y puntos de vista de las religiosas y profesionales (Vid. 1972; 43: 10). Se salía al paso de una necesidad no contemplada hasta entonces, tal y como también ocurrió en el hospital de mujeres de Ciempozuelos donde, a finales de los 60, se recoge la necesidad de un local para biblioteca, además de una sala de exposiciones y una cafetería o club social (López de Lerma y Díaz, 1991). Biblioteca que en el caso del hospital de hombres empezó a coger forma solo años después a base de donaciones, ya que no hay jueves o domingo que alguna persona nos entregue algún libro (Nue-a. 1976; IV trim.: 10), abriéndose al público meses después con el apoyo de Juan Carlos A. G, como bibliotecario y colaborador en la revista (Nue-a. 1977; I trim.: 15). De igual manera, también en Murcia se animan con la idea de ampliar su biblioteca, en este caso dotándola con un fondo inicial de 25.000 pts. (Amb. 1978; 0:19; 1:2).

En algunos lugares promovieron actividades puntuales, tal y como hizo la Comisión de Biblioteca-Periódico en Reus, vendiendo libros, tebeos, revistas y flores para celebrar el Día del Libro y de la Rosa en la “Plaza del Pueblo” del hospital de Reus (Clu. 1998; abril:3).

Es posible que las bibliotecas, allí donde las tuvieran, mejor que otras instalaciones tradicionalmente asociadas con la cronicidad manicomial, fueran un recurso institucional merecedor de ser mostrado al exterior como testimonio vanguardista de los aires de cambio institucional. Así parece que ocurrió en Lugo, tal y como relató Anselmo a raíz de una entrevista que le hicieron para la televisión gallega: (…) estuvimos en la sala del periódico, en la biblioteca, la sala de pintura, en la carpintería y otras más (Fal. 1995; 44: 7).

Otro ejemplo de bibliotecas con ese ánimo vivificante lo encontramos en Alicante, cuando al hablar del servicio de rehabilitación, en el apartado de socioterapia, se incluye a la biblioteca junto al club social, los deportes, el cine y las excursiones (Ele. 1983; 5: 4). Biblioteca que acogió en sus instalaciones otras actividades como exposiciones de dibujo, pintura, belenes y manualidades (Ele. 1983; 8: 10). Yendo más allá en la ambición terapéutica, en Murcia incluso se crearon dos grupos psicoterapéuticos específicos, uno para los realizadores de nuestro periódico y el otro para los socios lectores de la biblioteca (Amb. 1978; 0:19).


Referencias a las bibliotecas en los fanzines hospitalarios.

Algunas referencias son relativamente genéricas, de pasada y sin mayor profundización (Tap. 1976; 13:21). Algo más decía en Valencia “un enfermo” quien, en su colaboración Trozos de mi diario, anunciaba haberse hecho lector de la biblioteca, donde se facilitaban gratuitamente no solo libros, si no que también hay "Tebeos", que distraen mucho la mente y nos gustan a los mayores tanto como a los niños (Voz-p. 1975; 4:10). Tampoco en Madrid parece que los libros fueran los más valorados:

(…) la biblioteca siempre se haya concurrida y nos permite “estar al día” gracias a la lectura de la prensa diaria (para el que guste de ello) y de multitud de revistas, amén de unos cuántos libros (a decir verdad, libros se piden pocos por el grupo de enfermos) (Nue-p. 1980; 4:9).

Publicaciones como el ABC o la Revista de Castilla-La Mancha que le prestaba el bibliotecario en Alcoholete a quien escribía sobre El último libro que he leído, aunque no recordara cuál era (Vel. 1999; 2º semestre: 27). Mientras que Nuria T, en Reus, en Hablando de libros se muestra más interesada en los tomos de Selecciones del Readers Digest, pues en estos libros hay un poco de todo… pues las novelas que hay allí casi todas las he leído (Clu. 1976; 13:4). También DARA, en Las Palmas, en su colaboración titulada Una admiradora del Cuco hace referencia a la biblioteca de la planta de hospitalización como algo reseñable (Cuc. 1977; 3: 18).

Una de las secciones editoriales más frecuentes, con ligeras variaciones en su nombre, fue Lo que nos gusta y lo que no… En una de estas encontramos las actividades que se hacen en la biblioteca y club social incluidas entre los aspectos positivos reseñables, en contraposición, por ejemplo, a la falta de limpieza en los servicios o el aumento de precio en la tienda y bar (Eco. 1998; 23: 12).

Además de las anteriores referencias, más o menos escuetas, también se encuentran colaboraciones donde se habla de la biblioteca en mayor extensión. Por ejemplo, en el hospital psiquiátrico penitenciario de Sevilla, donde “Soriben” colabora con una reseña de tres importantes libros disponibles en la biblioteca del centro, animando a su lectura como un modo de defensa y superación de la triste pesadilla que nos espera día a día, que nos atrapa, nos engulle y nos ahoga hasta la saciedad (Rev. 2002; 11: 14-7). También en Sevilla, pero en el psiquiátrico de Miraflores, el “Comité rector de la biblioteca” informaba que desde octubre de 1974 estaba en funcionamiento la biblioteca para los pacientes, atendida exclusivamente por estos mismos, pasando de 100 a 500 volúmenes además de revistas y periódicos. Sin embargo, precisan, el nivel cultural de la población hospitalizada resultaba bastante bajo, con una alta proporción de quienes no sabían leer ni escribir y un gran número solo interesados en tebeos y novelas rosas, o que se conformaban simplemente con ojear las revistas. Por el contrario, la referencia explícita a don Gerardo V. y don Miguel F., a quienes se considera lectores asiduos, refleja la especial relevancia que ese recurso supuso como evasión para un reducido grupo de pacientes. En cuanto a las trabas para su uso, señalan un par de ellas que también se recogen en otros lugares: la prohibición de sacar libros por temor a perderse, y el horario de apertura, coincidente con otras actividades recreativas de mayor tirón (cine, bailes y espectáculos…) (Ren. 1976; abril- mayo: 10), alguno más de los absurdos y contradicciones de las grandes instituciones.

En relación con la prohibición de sacar libros, en Valladolid se esquivó a través de préstamos exclusivos a quienes se hicieran socios (Alt. 1978; 8: 8) y, décadas después, en Sant Boi, mediante una “ficha de lector” que permitía sacar el libro durante 15 días (Eco. 1998; 27: 2).

Recorte de La Codorniz (n.º 899, 8 feb. 1959), dando noticia de la publicación de Nuestro Pequeño Mundo en el psiquiátrico de Ciempozuelos (Madrid).


 

También entre las páginas consultadas encontramos referencia al número y tipo de volúmenes disponibles, generalmente a través de donaciones del personal y algunas compras. En relación con esas donaciones, las vemos agradecer en Murcia a un “empleado ejemplar” por un lote de novelas variadas, algunas del Oeste (Amb-m. 1966; 35: 2), o a unos de los psiquiatras por acordarse de nosotros y amenizar nuestro tedio con un lote de revistas (Amb-m. 1968; 116: 2). También en Sant Boi parece fueron bastantes, aunque hubiera tan poca afición a la lectura según se quejaba “La Comisión de la Revista” (Eco. 1998; 25:12). Donaciones que eran solicitadas por los propios pacientes para engrosar los magros fondos bibliotecarios, como atestigua la “carta al periódico” firmada por “los enfermos”, donde leemos:

Queridos compañeros: os comunicamos que en la biblioteca tenemos muy poco material literario, por lo cual rogamos que si nos queréis ayudar traigáis todos los libros, revistas y novelas que podáis. Dando las gracias anticipadas se despiden de todos vosotros. Los enfermos. (Nue-p. 1979; 1: 7).


Recorte de La Vanguardia (2 febrero 1936).

En cualquier caso, y sin ánimo de menospreciar las buenas intenciones de los donantes, tampoco sería aventurado pensar que, al menos parte de los fondos donados, fueran ejemplares de escaso interés o actualidad, precisamente aquellos de los que menos costaba desprenderse, entendiéndose así quizás mejor la queja del presidente del Psico-Club murciano: Tenemos la biblioteca, pero quizás necesitara más variedad de libros, además hay libros que nadie los lee porque no son apropiados (Amb. 1983; 15: 17-24).

Quedando claro que, salvo excepciones que pudieran haber existido, la dotación económica de las bibliotecas no fue una prioridad estructural, así como tampoco podemos presuponer que allí donde existiera esta fuera espléndida. De la comparación que se puede hacer entre los textos consultados, resulta evidente la existencia de grandes diferencias entre los fondos bibliográficos de unas instituciones y otras, oscilando entre el mayor número y variedad de los establecimientos privados, donde predominaba una población más culta, a aquellos otros de carácter público, menos dotados y acogiendo un mucho mayor número de iletrados.

Como ejemplo que nos sirve de contraste, en el Pere Mata, a pesar de la escasa concurrencia y el lamento del vocal de biblioteca que escribe: ... más penoso que los libros que piden sean novelas tanto policíacas como de amor y no tomen interés por libros, no diré de texto, sino que tengan algún contenido, este apunta la existencia de 800 libros en 1975 (Clu. 1975, 1: 3), para luego seguir viendo reflejada en su publicación interna la incorporación regular a lo largo de los años de diferentes títulos de indudable interés, tales como la colección de los 23 premios Planeta (Clu. 1975; 10: 5-6), la referencia a los libros disponibles de autores como G. K. Chesterton, Agatha Christie, Georges Simenon, Stanley Gardner o Benito Pérez Galdós (Clu. 1978; s.n.: 7). O, años después, recordar la disponibilidad de todos los premios Planeta y Nadal (Clu. 1984, 61: 13). Una situación aparentemente alejada de la disponible en Lugo donde, a pesar de haber recibido una enciclopedia de historia del s. XX de 16 volúmenes (Fal. 1989: 2: 21), poco después, preguntado el Vicevaledor do Pobo por lo que encontró a faltar en su visita al hospital, este respondía: Lo que más noté en falta, fueron instalaciones deportivas y quizá la Biblioteca y la forma de recreo, podían estar mejor dotadas. Con más personas leyendo y haciendo actividades deportivas (Fal. 1991; 20: 5). Consejo que poco se tuvo en cuenta, a tenor de lo que Falemos publica años más tarde en su sección de “noticias breves”: Desde hace tiempo el compañero Antonio Moreda está tratando de organizar una pequeña biblioteca en el centro. Su tarea está avanzada y desde estas páginas animamos a todos los internos a la lectura (Fal. 1998; 56:14). Señalaremos aquí que Antonio Moreda fue un destacado galleguista que pasó largos años ingresado hasta su fallecimiento, muy activo colaborador de Falemos y habiendo participado también en otras publicaciones con participación de pacientes como Gaiola Aberta y Maxi (VV. AA. 2000; Santos y Diéguez, 2010).

Así, la mayor parte de las referencias a las bibliotecas son referidas a las limitaciones que están presentaban. Resumidas magistralmente en la irónica esquela que alguien pegó en la puerta de la biblioteca de Reus en un lejano año de 1957,tal y como dio cuenta el Esquizográfico (Esq. 1957; 20: 9):

CERRADO POR DEFUNCIÓN DE DOÑA PÁLIDA BIBLIOTECA RANCIA (E.P.D). Debido al disgusto de no procurarle libros nuevos. Los desolados restos de su escuálida familia libresca le ruegan una lánguida oración por su merecido eterno descanso y le dediquen el siguiente

EPITAFIO

¡Pobre doña Biblioteca

muerta de aburrimiento,

de aplicarle la Ley Seca

y tener tanto esperpento!

O esta otra referencia a la biblioteca de Ciempozuelos en el artículo Pepe en el país de los lunáticos, donde se da cuenta de las instalaciones del hospital: Para los amigos de la lectura hay una estupenda biblioteca (me refiero a los muebles, los libros no valen una papa) (Nue-c. 1959; 12: 4). Tono humorístico que, utilizado también en otros muchos temas conflictivos, suavizó las denuncias realizadas y pudo ayudar a salvar eventuales barreras censoras. Ironía a la que también se recurre dos décadas después, en un número extra correspondiente a un concurso literario. En una narración burlesca, remedo de lo que pudiera ser una asamblea del club social, se hace referencia a lo mal que se cuidaba la biblioteca, así como se denuncia que se primaba la literatura barata en detrimento de los libros “de texto”:

Vocalía de biblioteca, hemeroteca y todo lo terminado en teca, como manteca. Dio las gracias por haber recibido 400 novelas de malos, buenos y puñetazos, y que leyendo estos libros ganaremos mucha cultura, diciendo que los libros de texto se han vendido como papel viejo, para así poder tener fondos para hacer una excursión a Paret Delgada, como es costumbre, y comer arroz (Clu. 1978; n.º extra: 8-9).

Por otra parte, en una entrevista al bibliotecario del Pere Mata, este nos informa de la merma de fondos debido a los desaprensivos que se llevan las revistas… pese a nuestra constante vigilancia, hay personas que siendo “cleptómanos” o simples rateros, se dedican a sustraer..., proponiendo seguidamente, como drástica respuesta, que el local se cerrara cuando el bibliotecario no estuviera en servicio (Clu. 1975; 8: 8). Molesta desaparición de periódicos que también sucedía en Murcia y a la que intentó dar solución el carpintero del centro con unos “portaperiódicos” de madera (Amb. 1983; 17: 7). Sin embargo, a la larga, tampoco parece que fuera esta la mejor solución, ya que, contando solo con tres ejemplares de periódicos, que parece eran retenidos durante tiempo por los “socios colaboradores” (podemos presuponer que personal de plantilla), con lo que condenaban así a la biblioteca a no ofrecer aliciente para acudir, ello añadido a la penuria e inadecuación de su fondo editorial y al calor insoportable del local (Amb. 1983; 15: 17-24).

A pesar de las limitaciones, otras mantenían el ánimo anunciándose e invitando a visitarlas con cierta dosis de humor, por ejemplo, en la Biblioteca-Club Social de Sant Boi, prometiendo disfrutar de su “aire condicionado al exterior” a la vez de una buena lectura (Eco. 1998;26: 2).

De igual forma, las páginas de los fanzines hospitalarios también se utilizan para llamar la atención sobre la necesidad de cuidar los ejemplares disponibles. Así lo reclamaba el periódico mural de Alicante en relación con el manejo de las novelas más leídas, no doblando las tapas ni las hojas, o en el wáter arrancando alguna hoja… (Amb-m. 1966; 34: 1). No sabemos si esta última consideración era hecha como simple licencia humorística o se ajustaba más o menos a la realidad, toda vez que la falta de papel higiénico en algunas instituciones parece ser no fue algo raro, tal y como atestigua el ruego en Madrid de si se tiene a bien poner papel higiénico en los servicios, pues es muy lamentable el que tengamos que guardar las servilletas de las comidas para ir al servicio (Nue-p. 1979; 2:9).


Antología de Humor de Noel Clarasó. Librito n.º 300 de la Enciclopedia Pulga de Editorial G.P. (1955). Provisto de nuevas tapas recicladas de otras del número de julio de 1954 de Annales Médico-Psychologiques. Proveniente de la biblioteca del Instituto Pere Mata, encontrado a la venta a través de Internet.

Por último, reseñaremos aquí un interesante cruce de mensajes entresacado, entre junio y noviembre de 1966, del mural murciano Ambiente (López Navarro y Martinez Benítez, 2016). Una tenaz porfía de la redacción frente a Luis Valenciano (Pacheco Larrucea et al., 2023), impulsor de la publicación y poco antes de que este asumiera la dirección del hospital. Polémica que ejemplifica las limitaciones y penurias que todas aquellas experiencias tuvieron para sobrevivir, aunque también nos habla del intento de acercamiento entre profesionales y pacientes, así como del cambio que en un momento dado empezaron a alumbrar las instituciones psiquiátricas. Todo se inicia con la publicación de un recorte con la fotografía de un diccionario enciclopédico, adherido a modo de collage a la publicación mural, bajo la que se incluye un texto manuscrito:

Presentamos a D. Luis el modelo de diccionario que para la biblioteca y redacción de “Ambiente” desearíamos tener. Recordándole a un tiempo que un diccionario es a una biblioteca y redacción tan imprescindible como el pan a una mesa, ya nos conformaríamos con el Espasa reducido a un tomo que se halla a la venta en las buenas librerías. (Amb-m. 1966, 17: 1).

Reclamación que debe ser recordada meses después con un lacónico mensaje: NECESITAMOS UN DICCIONARIO para la redacción de “Ambiente” - ¿Nos lo darán? Chi lo sa (Amb-m. 1966; 33 :1). Para, poco después, con la expresiva imagen del perfil de una persona en negro gritar: ¡Necesitamos un diccionarioo! (Amb-m. 1966; 34:1).

Asunto irresuelto que lleva al entonces director de Ambiente, Enrique Sánchez Alberola, reconocido pintor murciano y colaborador activo de la publicación, directamente al despacho de Valenciano para interesarse por el diccionario y posteriormente publicar la entrevista mantenida:

Interviu con el doctor Valenciano, referente a nuestro diccionario.

Visitamos a D. Luis en su despacho y, tras de saludarlo cordialmente, le espetamos sin más preámbulos:

-          D. Luis, necesitamos un diccionario.

-          Muy bien, y yo necesito un aeroplano.

-          Vamos a ver, estimado doctor, ¿le gustaría a usted que la redacción de “Ambiente” le regalara ese aeroplano?

-          Sí que me gustaría, estimado redactor.

-          ¡Bueno! … ¿Pero no pretenderá Vd. que la redacción le regale un aeroplano? ¿Verdad?

-          No pretendo tal cosa, Alberola; pero “a nadie le amarga” … un aeroplano.

-          A nosotros tampoco “nos amargaría” … un diccionario; pero con la diferencia de que nosotros sí pretendemos que Vds. nos lo compren.

-          Veamos, ¿qué diccionario quieren Vds.?

-          El diccionario enciclopédico de la Real Academia, o el diccionario Espasa reducido a un tomo, o bien el diccionario Sopena. Cualquiera de los tres es bueno.

D. Luis apunta maquinalmente en el diario que tiene a mano: ¡los redactores de “Ambiente” necesitan un diccionario!

Y no queriendo hacerme más pesado, me despido de don Luis estrechando su mano que me extiende afablemente.

E. S. Alberola. (Amb-m. 1966; 35: 2).

No sabemos cuál fue el desenlace del asunto, pero el frente siguió abierto con cierta virulencia: Don Luís ¿hace Vd. el favor de comprarnos el diccionario…? … ¿No? Entonces … se lo continuaremos pidiendo hasta que echen los cimientos de otro nuevo manicomio (Amb-m. 1966; 38: 1).



BIBLIOGRAFÍA
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Dunkel, L. M. Moral and Humane: Patients’ Libraries in Early Nineteenth-Century American Mental Hospitals. Bulletin of the Medical Library Association, 1983. 71 (3), pp. 274-81. Accesible en: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC227192/
Martínez Azumendi, Óscar. Transición y reforma psiquiátrica en España desde la perspectiva de las publicaciones periódicas producidas por y para los pacientes (1966-1989). Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq., 2021; 41(140): 325-355. Accesible en https://www.revistaaen.es/index.php/aen/article/download/17191/17065
Martínez Azumendi, Óscar. Una mirilla abierta a la cotidianidad institucional de los manicomios españoles: las publicaciones de pacientes (1950-1989). Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq., 2024; 44(146): 97-132. Accesible en https://revistaaen.es/index.php/aen/article/view/17344
Buckey, Jessica. Historical Use of Libraries in Inpatient Psychiatric Treatment in the United Kingdom. SLIS Connecting: 2024; Vol. 12: Iss. 2, Article 5. DOI: 10.18785/slis.1202.05 Accesible en: https://aquila.usm.edu/slisconnecting/vol12/iss2/5
Martínez Azumendi, Óscar. Lectura, escritura y bibliotecas en el hospital psiquiátrico. Sociología Histórica, 2025; 15(1), 359–392. https://doi.org/10.6018/sh.692041 . Accesible en https://revistas.um.es/sh/article/view/692041/393291
Gray Blair, Laura Elizabeth. ‘Library as Laboratory’: Moral Treatment, Patient Libraries and Reading in Nineteenth-Century British Asylums. Tesis doctoral. Queen Mary, University of London, School of History. 2025. Accesible en: https://qmro.qmul.ac.uk/xmlui/bitstream/handle/123456789/104179/Blair_Library-as-Laboratory.pdf



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2 comentarios:

Ana Hernández dijo...

Buenos días Oscar, como siempre muy sugerente tu entrada. En el Hospital psiquiátrico de Bétera también había una biblioteca y un bibliotecario Manuel Arranz. Quizás a través de Cándido se podría contactar con él, seguro que tiene historias interesantes que contar.

Oscar Martínez Azumendi dijo...

Buenos días, Ana. Muchas gracias por tu sugerencia. Realmente bibliotecas hubo en muchos hospitales, probablemente la mayoría, pero generalmente eran para los profesionales. Las bibliotecas para los pacientes no fueron tan frecuentes. No sé si fue ese el caso de Bétera. Muchas veces lo que sí había era lecturas que traían familiares, visitas y personal por las salas. Saludos.