jueves, 31 de marzo de 2011

181. Vida Provinciana. Una tarde entre locos.


Terminábamos la entrada anterior refiriéndonos a la extravagante e inquietante imagen que los enfermos mentales y manicomios tenían a principios del siglo pasado, anunciando que le seguiría una serie dedicada a esa representación tal y como se publicaba, con sus imágenes acompañantes, en la prensa de la época.
En las publicaciones periódicas más antiguas no es habitual encontrar descripciones (ni mucho menos imágenes), en relación con la enfermedad mental, que se alejen de los aspectos más tópicos y tremendistas asociados a ella. Quizás entonces, por su pequeña dosis de sensibilidad, fue por lo que me llamó mucho la atención el artículo y fotografías acompañantes que se publicaron en ABC un frío mes de enero, hace ya más de 100 años.

Las imágenes fueron tomadas en el manicomio de Toledo, conocido popularmente como “Hospital del Nuncio”, o “Nuncio” a secas. Su antecesor fue famoso ya desde épocas cervantinas, siendo el lugar donde Don Quijote, en sus aventuras apócrifas, recala durante un tiempo. A ello alude Cervantes en la segunda parte de su genial obra: “pero no se que me diga: que osaré yo jurar que le dejo metido en la casa del Nuncio, en Toledo, para que le curen, y agora remanece aquí otro don Quijote, aunque bien diferente del mío!"

Ese Hospital de la Visitación de Nuestra Señora la Virgen María, primer hospicio y manicomio de Toledo, fue fundado en 1483 por Francisco Ortiz, a la sazón nuncio apostólico del papa Sixto IV, lo que explica tan peculiar apodo para una institución similar. Aunque el hospital también recibió otros nombres algo más inquietantes como fue “los alberguillos de Toledo”, en alusión a las celdas o jaulas en que se encerraba a los locos furiosos. Con el paso del tiempo, este “Nuncio Viejo” fue relevado por otro edificio, el denominado “Nuncio Nuevo” diseñado por Ignacio Haan entre 1789-90, considerado uno de los ejemplos más interesantes de arquitectura hospitalaria del S. XVIII en Europa, específicamente concebido para atender enfermos mentales. En la actualidad y desde 1985 alberga diversos servicios administrativos del gobierno autonómico.

El “Nuncio” alberga en su interior cuatro patios iguales, dos de los cuales se reproducen en el artículo que nos ocupa. Patios en los que forman ordenados, y bien guarnecidos contra el frío invernal que se adivina cobijado entre los altos muros institucionales, un apretado grupo de hombres y mujeres en aquel entonces allí asilados.

Y aunque el objetivo del blog podría bien cumplirse con la reproducción de esas imágenes, no puedo evitar la tentación de incluir también el texto completo redactado por el articulista con ocasión de la visita allí realizada. Si bien no encontraremos descripciones especialmente interesantes de las circunstancias asistenciales e institucionales en las que se encontraban los pacientes, es innegable el interés que reviste el texto al menos por su antigüedad, así como por ser ejemplo de la visión que ha acompañado durante mucho tiempo al encierro por causas mentales. Loqueros deshumanizados y mandones, locos conductualmente imprevisibles y potencialmente peligrosos. Aunque tampoco se descuidan otros aspectos también asociados a la insania en muchas culturas, como es la atribución de cierta sensibilidad especial e incluso genialidad en sus apostillas y advertencias, así como una especial cercanía a la divinidad.






VIDA PROVINCIANA. UNA TARDE ENTRE LOCOS.



Fue en Toledo, hace pocos días, al caer de una tarde lluviosa. Acompañado de varios amigos, melancólico y con tristes presentimientos, crúcelos marmóreos dinteles del manicomio.

El edificio, por lo lujoso y por lo grande, semeja un palacio. Su fachada es soberbia, y por los claustros del interior, tardos y maquinales, pobres cuerpos sin odios y sin amores, los infelices alienados pasean su imbecilidad.





Un zafio loquero, en cuya autoridad mandona percibí crueles abusos, abrió la puerta que daba al primer claustro. Mis amigos fueron adelante; yo, entre apenado y receloso, me quedé quieto.

Allá, en el frontero rincón, un grupo de hombres extraños, de miradas quietas, de caras pajizas y sin expresión, se arremolinó, como a una voz de mando, entre capazos, gritos y cantares.





Hacía mí, reanimado y dicharachero, avanzó un hombre como de treinta años, con gabán y boina.

—Señor!—dijo. — ¡Señor, que como no abran esa puerta vamos á perecer! Que hay un fuego muy grande, y con tanto lienzo como hay aquí, esto va á ser un extravío.

¿Qué puerta?—le dije.

—Aquélla-—respondió, señalando una.—Venga usted y verá el bujero de la Santísima Trinidad.

Y llevábame arrastras, cuando el loquero se interpuso:

—-Vamos, no seas pelma.

—¡Pero, señor—seguía el loco,—que vamos á perecer! Yo diciendo que abran la puerta, y este hombre, como no tiene capacidad... Ya ve usted: lo peor es tratar con gente sin capacidad...

A esto, cada uno de mis acompañantes departía con su loco correspondiente. Yo vi que les daban cigarros y principié á repartir también.

El loco del bujero comenzó á chupar, dándose tono. «¡Puaah!—hacía, engallándose y echando el humo por la nariz. — ¡Puaah!... Pero señor, que abran esa puerta, que vamos á perecer.»

Vi venir á uno, cincuentón, desombrerado y alegre. Andaba á saltos, y mirándome con ojillos relumbrones decía: «Ya voy. Uno, dos, tres», y saltaba.

Noté que traía en la mano un naipe: el caballo de oros. Me pidió un cigarro; se lo di, encendió y le pregunté amigablemente que por qué llevaba el caballo.

—¡Hombre! -repuso como extrañándose.—Digo yo que esto se le debe haber caído á alguno que estaría, jugando, y digo yo: ;Pues ya vendrá por él!—Y chupaba, se reía y volvía á saltar.

Al reparto de cigarrillos habían acudido tantos ya, que me vi y me deseé para darles. Formaron corro y, animados por el fumar y por mis preguntas, cada uno quiso contarme una historia.

Noté que hasta en aquellos cuerpos sin alma, la malicia y la vanidad tenían rincones. Unos á otros se culpaban de demencia.

—Deje usted á ese, señor, que está loco perdío.

—No le haga usted caso, que es un embustero. Vaya, ¿á que le dice á usted que él es el rey? Y aquél también le dice á usted que él es el -rey. Y aquél, también. Ya ve usted, señor, cuando el único rey de las Españas soy yo, Felipe Murcia, criado en Santa Cruz de Múdela.—Y dando grandes voces, añadió: «¿Quién es el rey de las Españas? ¡Felipe Murcia! Pues ¡viva Felipe Murcia!...» Y dio en correr, vitoreándose con tanto ardor, que pensé que se ahogaba.

Entramos á un salón cuadrado, de techo altísimo y con una estufa en el centro. Alrededor de la estufa, unos sentados en banquillos y otros de pie, se calentaban hasta quince locos. Eran, en su mayoría, jóvenes; vi á dos, muchachos casi, que hablaban misteriosamente, y ya iba á acercarme á ellos, cuando de una mesa larga, donde escribían varios, salieron desatentados cánticos de iglesia. Me llegué, acompañado del loquero, y uno de los que escribían, rubiasco y sin cejas, se levantó con gran ceremonia.

—¿Qué hacemos?—le dijo el loquero como en burla.

Hizo como si el loquero no existiese; cogió el papel, donde sólo había garabatos, y me dijo con buenos modos:

—Aquí estoy poniendo este memorial al señor San Grabiel. Ya le he puesto dos pa que me saque, y con éste no tendrá más remedio.

Y dicho esto, retirando la cara como quién solfea, y llevando con. la cabeza el compás, entonó con música de salmo: — «Memorial al arcángel San Grabiel— de su Divina Majestad,—que manda nuestra Santa Madre Iglesia...» Cómo si el cántico hubiese sido una señal, todos prorrumpieron en gritos y sé armó un burdel que estaba muy en su lugar, porque sólo entre locos se oye algarabía semejante.

De pronto sentí un puñetazo en la espalda; volví la cara, y un mozuelo de cejas corridas, morenísimo y con grandes ojos, riéndose como un gañán, me dijo:
—¡Hola! ¿Conque no haces caso de mí, y soy primo tuyo? ¿Cómo estás, hombre?

—Bien, ¿y tú?—le dije.

— Pues aquí me, tienes, bregando con estos animales.

¿Pues no dicen que mi sirena no es bonita? Verás.

Sacó un papel donde, pintada como por un niño, había una mujer con moño alto y los brazos en cruz.

—Verás.— Y leyó dulcemente, amorosamente, con una ternura que me llegó al alma, estos versos:

Con el corazón partido
de querer á mi sirena,
estos versos he fingido»,
porque me ahoga la pena
el haberla conocido.

Respondo de que son, así, porque los copié. Cuando acabó el loco, dijo, casi con lágrimas:

—Ahora me vas á ver bailar. Haced corro, que voy á bailar con mi sirena...

Yo, casi ahogado por la angustia, con el corazón oprimido y lágrimas á las puertas de mis ojos, dije al loquero:

—Vámonos, vámonos…

Y, pensando en otra sirena, salí...





Las locas, desarrapadas, unas arrimadas á la estufa y otras por el suelo, ocupan un salón contiguo, igual que el anterior. Cuando entramos, la hermana de la Caridad me dijo: «Aquella es furiosa. Tenga usted cuidado.» Y vi á una mujer rechoncha, ajamonada, con greñas que se arropaba la cabeza con el vestido.

—¡Chist! Ven acá —me dijo confidencialmente—. ¿Tu has estado en el cielo?

—Yo, sí, —repliqué.
— ¿Y por qué camino se va? Porque yo, cuando fui la primera vez (que he estado cinco), me equivoqué de puerta, y salió Dios Nuestro Señor y me dijo: «María Antonia, que no es ahí.» Y estaba propiamente con la cruz acuestas y on su corona de espinas, que daba lástima. Y yo le dije: «Dios Nuestro Señor, ¿y mi hija?»

Aquí comenzó á llorar la infeliz, y en el punto en que acudió , la hermana gritándome «¡sepárese usted!», la loca dio señales de furia, aullando, maldiciendo, golpeándose la cabeza contra la pared...

Allá en un rincón, mudas é impasibles como de piedra, una vieja y una muchacha miraban tranquilas á la furiosa. Sentadas en él suelo, desastradas y sucias, su miseria y su imbecilidad; me recordaron los cuadros siberianos de Dostoyouski. Y contemplándolas me hallaba, cuando de improviso la vieja, cogiendo por una mano á la chiquilla, comenzó á cantar este memorable villancico:

La Virgen está lavando
y el agua se está riendo,
los pajaritos cantando
y el romero floreciendo.

El contraste dé tan honda miseria humana con aquella evocación tan divina me trajo á la memoria las páginas en que Czogols (La locura cotizada) habla de la espiritualidad de los dementes, «porque están más cerca de Dios»... ¿Lo estarán?...

CRISTÓBAL DE CASTRO


Un pequeño texto, que pudiera parecer abusa ligeramente del tópico de la imprevisibilidad, agresividad e incluso comicidad generalmente asociado a la enfermedad mental, sobre todo tal y como habitualmente se reflejaba en otras publicaciones de la época (ya tendremos oportunidad de considerar algunos ejemplos). Sin embargo tiene un punto de humanismo y sensibilidad hacia el enfermo mental que no puedo dejar pasar desapercibido sin señalarlo.

Acabamos hoy aquí, prometiendo para más adelante algunos otros ejemplos periodísticos de alguna que otra visita manicomial, pero, ya que andamos intramuros del Nuncio, antes nos ocuparemos de unas inesperadas fotografías que interrelacionan precisamente a los locos del Nuncio ni más ni menos que con El Greco y Marañón. Sorprendente mezcolanza sin duda.

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La serie completa relacionada con los locos del Nuncio, El Greco y Marañón:

181. Vida Provinciana. Una tarde entre locos.
182. El Greco, Marañón y los locos del Nuncio de Toledo.
184. El experimento psiquifotero de Marañón.
185. Repercusión mediática de las psiquifotos de Marañón.
186. Explicaciones de Marañón sobre la teoría de los locos como modelos.
187. La evidencia que tenía Marañón.
188. El pensamiento que tendría Cossío.
189. Rizando el rizo del Nuncio.
190. Un souvenir del Nuncio Nuevo.

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BIBLIOGRAFIA.




De Castro, C. Vida Provinciana. Una tarde entre locos. ABC. Madrid, 12 enero 1904: 4-5.




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