lunes, 19 de marzo de 2012

220. Chirenes clásicos de Bilbao.

Me preguntaba al inicio de esta miniserie en qué apartado psiquifotero clasificaría sus entradas, decidiéndome finalmente en encuadrarlas principalmente en el "16", junto a todas aquellas otras de temática “Arquitectónico-Ambiental”. Lo hice al considerar la propia ciudad como protagonista, no como un manicomio gigantesco (que no pocas veces se lo merece), sino como el lugar que acoge entre sus calles la existencia, incluso “doméstica”, de una multitud de anónimos y desapercibidos individuos, muchos de ellos aquejados de algún tipo de enfermedad mental.

De ahí la imagen que encabeza la presente entrada que, para el iletrado que no sepa reconocerla, aclararemos se trata ni más ni menos de la ya famosa “Baldosa de Bilbao”. Porque si hasta una humilde baldosa se ha convertido en un clásico ciudadano, igualmente lo han sido algunos de aquellos más o menos desafortunados chirenes que otrora desgastaron suela o incluso reposaron su cansancio u otros espirituosos sueños sobre ella.

Tenemos suerte de que hoy, gracias al resumen que Juan Medrano se ha molestado en prepararnos, recordaremos a alguno de ellos:

Los txirenes, los habitantes de las calles de Bilbao más sencillos de catalogar DSMs en ristre, no solo eran personas populares y de manera más o menos especial queridas, sino que fueron grandes supervivientes, auténticos maestros de la subsistencia que daban muchas vueltas a quienes se consideraban sanos e integrados en la sociedad bilbaina convencional. Apoyados en conocimientos y habilidades sorprendentes o en una adaptativa picaresca, pasaron a la pequeña historia del Botxo después de existencias más o menos largas y lúdicas subvencionadas por la generosidad o la credulidad de sus ciudadanos.

Vicente Jodra Sanz (1845-1922) fue un flautista callejero. Natural de Pamplona, se supone que llegó a Bilbao en la década de 1880 como músico militar. Despachado del servicio a la edad reglamentaria, empezó a complementar su mísera pensión tocando la flauta por las calles de Bilbao. El suyo era un repertorio amplio y oportunista, plegado a cualquier gusto e ideología, y rematado con un alarde personal: tocar la flauta por la nariz. A su muerte le definieron como mendigo alegre, el tipo más popular que circulaba por las calles de Bilbao, la enciclopedia del santoral, el hombre de la flauta, el infeliz Vicente Jodra.

Vicente Jodra marcándose un solo de nariz

Alejo Próspero Collin (1808-1843) nació en el Bilbao ocupado por las tropas francesas, hijo de padres de esa nacionalidad que aparentemente le abandonaron a su suerte al término de la contienda. Al crecer fue desempeñando diversos empleos: recadista, cigarrero y otras faenas similares. Pero gran parte de su existencia la consagró a la bebida; se decía que Collin aseguraba que la vida había que pasarla a tragos. Las crónicas le describen como “grandonazo y gordo, con cogote de flan tostado y anchas espaldas… su cuerpo como un inmenso fardo de patatas y su carota como un chafarrinón embadurnado en corcho, pues apenas en ella se le dibujaban las facciones” y con una desmedida afición por el alcohol, por el que terminó tan afectado “que había perdido toda dignidad de hombre”. Cuentan también que en una ocasión vez se bebió algunas copas de aguarrás o de petróleo, convencido tras su libación de que aquello que había tomado era por lo menos un delicioso Cognac.

Collin era popular no solo por su bonhomía o por las bromas de mal gusto que le gastaban, sino por su parecido con un gobernador civil de la época, lo que dio pie a no pocas chanzas y anécdotas. Vivía en la calle y dormía en pórticos y coches públicos, donde dormía bajo los efectos del alcohol. Una noche, a la temprana edad de 35 años, sucumbió a la hipotermia y dejó para siempre un hueco en las calles de Bilbao.

Alejo Próspero Collin
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Cochemari (José María Gorrotxategi) sobrevivió durante años gracias a sus conocimientos de la geografía de Bizkaia. Conocía los nombres de los más de cien pueblos de la provincia, y los enumeraba de carrerilla, pero si se le interrumpía, nuestro geógrafo era incapaz de continuar y tenía que volver a empezar su listado con “Durango, Mañaria, Bermio, Mundaca, Eseberio…” para terminar con un triunfal y se dice afeminado “¡Bilbau!”, tras lo cual, como contrapartida a la divulgación de su saber, alargaba la mano para pedir unos honorarios. Falleció el 2 de enero de 1900 al caer por una ventana del Asilo de San Mamés o la Misericordia.

Cochemari

El gordo de los rosarios era un estrafalario y voluminoso txirene que portaba una blusa con abundantes rosarios. Se dice que también llevaba, oculto por su indumentaria habitual, un bote en el que orinaba.


El Nene era un recadista de las pescateras de Bilbao, tan infeliz como popular. Fue un representante nonacentista de una estirpe de acarreadores en mercados que llegó hasta la recta final del siglo XX, muchos de ellos txirenes tocados por alguna discapacidad o por el alcoholismo, como el cantarín Clemente, recadista de las aldeanas de la plaza del mercado durante mi infancia y juventud. Siempre objeto de burlas y chanzas, que encajaban como mejor podían, el objetivo de estos esforzados acarreadores era la supervivencia. El Nene murió precisamente a causa de una gamberrada de muy mal gusto, cuando haciendo una gracia lo empujaron a la Ría, donde pereció porque no sabía nadar.

El Nene

Don Pepito era otro txirene que subsistió gracias a la contraprestación ciudadana por sus habilidades. En este caso, por la exhibición de su versallescos ademanes, que le merecieron el apodo de “El Saludos” como reconocimiento a sus aparatosas reverencias.

Don Pepito

Cholo Pocholo, otro txirene callejero, inocente en el sentido clásico del término, pero de contrastada habilidad para sablear, lo que le valió para sobrevivir en la urbe.

Cholo Pocholo

Al Santo de Begoña se le suponía hilo directo con el Cielo gracias a su ascetismo, sus sacrificios y su ayuno y abstinencia, pues se decía que solo se alimentaba de pan y agua. Se apuntaba a todo tipo de procesiones y entierros, en los que se presentaba con un enorme cirio, recubierto a veces por una funda de hule. Bendecía a los niños y a los que eran buenos o le parecía que lo eran les prometía un paraíso lleno de pasteles y caramelos, lo que demuestra que ciertas concepciones de la recompensa divina tras la muerte son transculturales y solo cambia el tipo de gratificación, según la edad, pulsiones y pasiones de quien recibe la promesa. Fue una sorpresa y una decepción descubrir a la muerte del Santo, poco antes de la eclosión de la Guerra Civil, que en el lugar donde vivía almacenaba toda suerte de víveres.

El Santo de Begoña

El Santo en procesión

Secua era un sacamuelas y curandero ambulante de origen incierto que aliviaba la parálisis infantil, extraía dientes, sanaba el reúma y fabricaba una pomada milagrosa cuyos derechos terminó vendiendo a un farmacéutico de la Villa. Operaba siempre al aire libre y se acompañaba de una orquesta (trombón, tambor, bombo y platillos) musicoterápica cuyas melodías servían de anestesia a sus pacientes.

Secua

J.M.


¡Quién les iba a decir a todos ellos que sus correrías y desventuras serían un día investigadas por los cronistas de la Villa! ¡Incluso inmortalizados en láminas promocionales del comercio local que hoy se atesoran como objeto de coleccionista!

Ejemplo de láminas reproduciendo chirenes bilbaínos clásicos, editadas en los años 80 por la Asociación de Comerciantes del Casco Viejo de Bilbao con fines promocionales.


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La serie completa relacionada con los chirenes:

218. De chirenes y vagabundos.
219. “Cabesita de Ajo”.
220. Chirenes clásicos de Bilbao.
222. La loca de Arrikibar.
223. Txomin.
227. A., el clochard del Sagrado Corazón.
228. Madriles.
230. Una “bag lady” chirene.
268. Psiquiatría comunitaria prístina: La vendedora de responsos.

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BIBLIOGRAFIA.

Estornés C. Alejo Próspero Collin, cartas bilbainas de 1859. Accesible aquí.

Estornés C. Vicente Jodra, "El Flautista de Bilbao". Accesible aquí.

Ortega V, Bereciartúa JM. 3000 viejas fotos para la historia de Vizcaya. Álbum I. Bilbao desde 1850. Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca, 1976.




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4 comentarios:

Xelaxel dijo...

Caray tu blog se me hace tan interesante, siempre espero con impaciencia la siguiente entrada, yo también conocí una persona de este tipo le decíamos "Pedrito" mi mamá contaba que le había conocido de pequeño y que siempre estuvo como retrasado mental, al morir toda su familia el se volvió indigente, y empezó a recolectar toda clase de basura en su casa, murió hace como diez años aun en la indigencia y ante la indiferencia de los vecinos que le rodeaban...

Ander Retolaza dijo...

Enhorabuena por la entrada, Oscar. Felicita a Juan de mi parte por la colaboración. Bilbao no puede olvidar a estos personajes. Precisamente en el Correo de ayer, domingo 18 de Marzo, la página que Imanol Villa dedica a Crónicas de Bilbao y Bizkaia,está dedicada a Jodra, fallecido en Marzo de 1922, hace ahora 90 años. Por cierto que la crónica se ilustra con una foto que sería interesante para completar tu galería.

Oscar Martínez Azumendi dijo...

Gracias Xelaxel por compartir la historia. Sin duda parte importante de tus primeras experiencias, algo de lo que la "miniserie" también quería evocar.

Oscar Martínez Azumendi dijo...

Ander, ¡menuda casualidad! No vi esa noticia a la que aludes, pero sin duda que habrá que intentar conseguirla. Gracias por avisar, y otras gracias más que seguro te envía también Juan :-)