martes, 22 de mayo de 2012

230. Una "bag lady" txirene.

Como siempre suele suceder, sin apenas darnos cuenta, la serie de los chirenes bilbaínos va llegando a su fin. Acabaremos recordando a una mujer, también relacionada con la plaza de Arrikibar y su sombría fuente, precisamente la plaza que acogió a aquella otra loca de la canción que conocimos semanas atrás.

Nos cuenta esta última historia Juan Medrano:

En 1982 el Mundial de Fútbol se celebró en España, y el campo de San Mamés fue el feudo de la selección inglesa, un equipo ya por entonces segundón pero que fue acogido en Bilbao con la veneración que existe en la villa hacia todo lo británico. Tal es el desmedido afecto que los bilbainos profesamos por las islas que en un alarde de generosidad consideramos que Londres se parece a Bilbao. Back in 1982, a pesar la anglofilia botxera, existía cierta precaución para con los no siempre civilizados hinchas ingleses, conocidos por entonces como supporters más que como hooligans, y por ese motivo se dispuso una especial atención sanitaria y policial. El celo de los agentes del orden permitió arrestar a una mujer de edad avanzada supuestamente inglesa y presuntamente ebria que lavaba su ropa precisamente en la fuente de la plaza de Arrikibar. Los periódicos, que en su momento se hicieron eco de la brillante acción policial, informarían días después de que la detenida no era británica, de que no estaba ebria en el momento de su arresto y de que tras ser sometida a una serie de medidas higiénicas terminó siendo puesta en libertad sin cargos. Días después la vi por la calle, cerca precisamente de Arrikibar, o más bien la reconocí, a pesar de que su paso por los servicios sanitarios municipales le había dejado con el pelo rapado. Y es que hacía muchos años que conocía a J., que era como se llamaba aquella txirene bag lady.

La plaza de Arrikibar hace ya unos años.

La fuente de Arrikibar en la actualidad.

Las bag ladies son esas mujeres indigentes, de edad indeterminada, que pasean por las ciudades con bolsas de plástico que contienen sus pertenencias. Son personas generalmente afectas de alcoholismo y /o lo que ahora llamamos TMG (trastorno mental grave). Con frecuencia ejercen la mendicidad, y de hecho carecen de medios económicos, aunque de cuando en cuando aparece en la prensa alguna noticia chocante que informa de la muerte a la de una mendiga se ha descubierto que guardaba en el banco una cantidad respetable de dinero. En esa línea, Kurt Vonnegut daba en “Pájaro de Celda” un papel estelar a una bag lady que resultaba ser en realidad la propietaria de un imperio financiero.

Kurt Vonnegut.


En realidad, a J. la conocía desde mi infancia tardía, cuando ella vendía limones en el semáforo de la calle Ribera que daba paso desde una de las Siete Calles (Tendería) al mercado de la Ribera. Para entonces, mis habilidades para llevar pesos me habían convertido en el acompañante habitual de mi madre en recados voluminosos, y tanto a la ida al mercado, como a la vuelta, cargado de kilos de patatas que iban dando reciedumbre a mis espaldas, veía a J., estrafalaria, pintada, más que maquillada, ofrecer a los viandantes su mercancía, compitiendo con otras tres o cuatro mujeres de aspecto muy similar. Mi madre, en esos momentos, aceleraba el paso y me decía que no mirase, que por sus pintas no eran gente recomendable. Me costó tiempo entender el porqué, seguramente porque ya por entonces se me daba mejor cargar pesos que pensar o, en particular, elucubrar sobre un lado particularmente oscuro de las relaciones entre chicos y chicas.

Calle Ribera; a la altura de la entrada a la calle Tendería existía un amplio paso de peatones que conducía al mercado.
Mercado de la Ribera

Años después del Mundial J. dejó de ser una bag lady, al menos formalmente, porque se echó un carrito de la compra que sustituyó a sus bolsas como sistema de transporte de sus pertenencias (detalle que no podía pasársele por alto a un experto porteador como un servidor). Me crucé muchas veces con ella y su pulcro carrito en mi deambular por Bilbao, y sentía siempre que J. era una imagen de la Villa, una destacada integrante del mobiliario humano que la poblábamos. Tiempo después supe además que la bag lady txirene cumplía además el dicho de que los bilbainos nacemos donde nos da la gana; ella había elegido para nacer un pueblo importante de una provincia limítrofe.

Bag Lady

Y lo llegué a saber porque quiso el destino que nuestras vidas se encontraran, en los primeros años 90, en una residencia de ancianos de la provincia de Bizkaia en la que J., ya septuagenaria avanzada, había ingresado de forma aproximadamente voluntaria y yo era, también aproximadamente, el psiquiatra consultor. J. me trataba con condescendencia; era una mujer orgullosa, que tenía a gala ser una superviviente, y lo era, por mucho TMG que padeciese. Décadas de diario deambular por Bilbao la habían convertido en una experta en subsistencia y en una maestra en lo que hoy llamaríamos sostenibilidad. Pasó años hurgando en la basura para encontrar alimento, ropas y objetos variados que reciclaba con paciencia y esmero. Los ricos, me contaba, tienen mucho vicio, los de Indautxu en especial, hay que ver las cosas que tiran a la basura, los vestidos en buen estado que había encontrado J., y lo bien que los había arreglado, porque todo hay que decirlo, era muy mañosa con la aguja. Hasta objetos de alpaca se tiraban a la basura en ciertas zonas de la Villa (de nuevo, por la zona de Indautxu), objetos que J. vendía después de adecentarlos y pulirlos con zumo de limón y lodo de los charcos de detrás del apeadero de la Universidad de Deusto (el mejor lodo de todo Bilbao, me confiaría cuando finalmente paciente y psiquiatra establecimos el necesario y adecuado rapport terapéutico). En cuanto a la ropa, J. contaba que durante años la lavó en fuentes públicas (y en ese punto recordé su detención como presunta hooligan); la dejaba después a secar al sol y a veces en los radiadores del extinto Salón Vizcaya de la calle San Francisco, que ponía ponía sesiones continuas que permitían que se secara toda la colada mientras J. echaba una siesta de horas de duración. Y siempre iba limpia, y curiosa; que le quede a Ud claro, y cómo no me iba a quedar si en la residencia la veía siempre aseada, reciclando la ropa de la pobre vieja que se murió en la cama de al lado, que la han dejado aquí sin reclamar, aunque con algún toque un tanto demasiado personal, como las pequeñas pegatinas de las naranjas o las manzanas que a modo de alhajas se colocaba en la ropa, o los botones y chapas que cogidos con un imperdible adornaban su chaqueta como si fueran medallas.

En sus años en la calle, la noche, recordaba, era lo más duro, había pasado mucho, mucho frío a la intemperie, debajo de puentes, en bancos del Parque de los patos o en los umbrales de comercios de la calle Ercilla, y por eso tengo los bronquios tan enfermos. Por eso, y por las mañas de los portugueses, que la acechaban mientras dormía, o le tendían trampas, como dejarle botellas de Pico Plata para que bebiera sin control. Los portugueses, me prevenía, son muy malos, y a veces era necesario tener un cuchillo a mano por si venían por la noche. Tal vez precisamente para dormir bajo techo y sin estar expuesta la amenaza de los portugueses aceptó finalmente, con menos mala gana que la que deseaba aparentar, vivir en la residencia. Allí demostraba día a día sus habilidades: era la jardinera oficiosa del centro y tenía una mano sorprendente con las plantas, a las que cuidaba y ponía un radiocassette con música para que pelecharan más y mejor. El procedimiento, todo hay que decirlo, funcionaba. También cazaba en el jardín caracoles que después criaba en un saco de arpillera y se los vendo bien cebados al aldeano de aquí al lado. El dinero lo guardaba, porque esperaba dejarlo en herencia.

Durante la Guerra Civil J. vivió a muchos kilómetros de Bilbao y tuvo, todavía muy joven, dos hijos que no pudo criar. Era una espina que llevaba clavada hondamente en su corazón, y viendo cercana su muerte quiso retomar el contacto con ellos y legarles sus ahorros. Porque la industriosa J. tenía dos libretas en un conocido banco, con una jugosa cantidad, fruto de sus operaciones de reciclaje urbano, de alguna experiencia ocasional de mendicidad, y tal vez de actividades laborales más o menos normalizadas muchos años atrás, y quién sabe si en lo que temía mi madre cuando la veía vender limones todo pintarrejeada, pero nunca de robar, no se piense Ud, nunca he sido una ladrona. De vez en cuando J. se trasladaba desde la residencia a Bilbao para supervisar el estado de sus finanzas y para realizar algunas operaciones, como, por ejemplo, ingresar el fruto de sus actividades helicultoras. Fue difícil localizar a sus hijos e imposible conseguir que hablaran con ella. Creo recordar además, con turbación, que cuando los servicios sociales se enteraron de que tenía ese patrimonio determinaron que lo usase para pagar su alojamiento, pero como la memoria no solo es flaca, sino que a veces es misericordiosa en su imprecisión, no tengo un recuerdo claro de aquello.

Después de varios años ejerciendo de aproximadamente psiquiatra consultor del centro, llegó el momento en que me trasladé a trabajar a una provincia vecina, lo que me impidió seguir yendo a la residencia. Me despedí una tarde de primavera de todos los residentes y, por supuesto, de J. Supe que después pasó una temporada de crisis que hizo necesario un ingreso en Psiquiatría. También llegué a saber que cada vez era más arisca y resultaba más difícil entenderse con ella, que parecía que había algo nuevo, además de su ya conocido TMG, y que finalmente se le había trasladado a una residencia pública en otro pueblo. Pasado un tiempo tuve ocasión de acercarme a visitarla. La encontré sentada en el salón, con el aire de estar aparcado que tienen muchos ancianos de instituciones, fruto del deterioro cognitivo y/o del efecto que los milagrosos psicofármacos ejercen sobre receptores dopaminérgicos, serotoninérgicos, noradrenérgicos, gabaérgicos, histaminérgicos y demás. Me senté a su lado y esperé a que se despertara, una larga espera. Cuando se volvió en sí me miró con una mirada vacía, me preguntó sin palabras quién era yo y se lo expliqué. Me apenó ver que no reaccionaba de ninguna manera. Le di la mano y me despedí de ella; J. sonrió con un aire cariñoso totalmente impropio de ella. Salí de la residencia preguntándome qué habría sido de sus condecoraciones y alhajas de papel, de su ajuar carroñero, recogido de las compañeras fallecidas, de su know-how jardinero y de las libretas de ahorro con las que buscaba resarcir y obtener el perdón de dos niños ya sexagenarios privados en su infancia del calor de su madre.

No volví a verla. Años después, vueltas que da la vida, conocí a una persona que trabajaba en el centro donde la vi por última vez, y me contó que hacía ya tiempo que J., la bag lady txirene, la superviviente de la calle, la presunta hooligan a la que raparon el pelo, la precursora del ecologismo que nunca supo que lo era, la madre que no pudo reparar su sentimiento de culpa, ya no estaba en entre los vivos. Solo queda recordarla y reivindicarla a ella y a todos los que como ella han sido los locos de la calle, los indigentes supervivientes, los sin hogar que han hecho de la urbe su hogar, los que en Bilbao han sido por encima de todo txirenes.

J.M.



Y ya solo nos resta decir... Colorín, colorado, la serie chirene se nos ha acabado.

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La serie completa relacionada con los chirenes:

218. De chirenes y vagabundos.
219. “Cabesita de Ajo”.
220. Chirenes clásicos de Bilbao.
222. La loca de Arrikibar.
223. Txomin.
227. A., el clochard del Sagrado Corazón.
228. Madriles.
230. Una “bag lady” chirene.
268. Psiquiatría comunitaria prístina: La vendedora de responsos.

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1 comentario:

leticia gar dijo...

Gracias, me ha gustado mucho