jueves, 27 de marzo de 2014

268. Psiquiatría comunitaria prístina: La vendedora de responsos.

Una de las cosas buenas que tiene este asunto del blog, es que de vez en cuando recibes una inesperada y agradable sorpresa a través del correo. Muchas veces de personas desconocidas hasta ese momento, pero que intuyes compartes con ellas algo más que la afición al coleccionismo de las insólitas imágenes psiquifoteras. Normalmente agradezco en privado cualquier acercamiento o ayuda de este tipo, pero sirva esta entrada para hacerlo ahora también colectivamente y en público.

Y el reconocimiento viene a colación porque el otro día recibí un emotivo texto, con su psiquifoto correspondiente, rescatado de una antigua publicación venezolana.

Me lo enviaba el Dr. Ricardo Castro, un amable colega de allende los mares también blogero aficionado, con una bitácora dedicada a pacientes y familiares, y otra con diferentes contenidos académicos para los estudiantes de medicina de la Universidad Nacional Experimental “Rómulo Gallegos” (UNERG), núcleo Calabozo.

Ya hace un par de años, ¡como corre el tiempo!, ocupé una serie de entradas construidas con retazos rescatados de entre los recuerdos de mis buenos amigos Juan e Iñaki (ver abajo), y entre las que esta de hoy se encontraría como pez en el agua. Se trataba de una pequeña galería de personajes "chirenes y vagabundos", "personajes peculiares, a veces entrañables, a veces inquietantes, que pueblan nuestras ciudades y en los que muchas veces solo caemos en cuenta cuando ya hace un tiempito han abandonado sus calles", entre los que "la vendedora de responsos" tiene sin duda un merecido reconocimiento en su recuerdo.


Pero me dejo de introducciones y reproduzco todo el asunto tal y como llegó a mi buzón de correo, incluida la introducción textual del Dr. Castro, con todo el reconocimiento por haber querido compartir con todos nosotros esta emotiva historia.

Apreciado Doctor: me satisface enviarle un artículo de prensa publicado en un periódico de un pueblo venezolano (Zaraza) en 1966. Me parece que le puede interesar. En este artículo se reporta la muerte de una mujer que sufría de un trastorno mental y se comenta, de forma poética para mi gusto, como fue su vida entre sus vecinos, que la respetaron, la socorrieron cada vez que lo necesitaba y, muy interesante, se ganaba la vida vendiendo responsos.Le adjunto una foto del periódico y del personaje. Puede darle el uso que desee.



"El día de los muertos ADELAIDA se acercaba al cementerio a vender letanías y responsos rezados por ella. Para mis ojos infantiles aquello era un espectáculo casi pintoresco. Sobre las tumbas llenas de flores y velas derretidas caía su voz ronca, de timbre varonil: -"Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte amén”- Los familiares de los difuntos le pagaban de acuerdo a la extensión de las rogativas. A veces le pedían ñapa: Adelaida ¡no seas pichirre! échale otra rezaìta... - exclamaba alguna señora sollozando ante el túmulo de quien fue su marido; o le ofrecía retribuirle en otras oportunidades o le cambiaba la oración por comida y ropa. Ella no contestaba, no discutía, se limitaba a rezar interminablemente, a sabiendas de que siempre le pagarían por el temor de que sus golpes de pecho quedaran sin vigencia. -Los rezos mal habidos no tienen valor espiritual- pensaban quizás las deudas afligidas, mientras ella iba y venía con el rosario desnudándose entre las manos huesudas. A veces los muchachos le hacían coro a su alrededor: -“ruega señora por nosotros”... Era la única fuente de ingreso que tenia, una vez anularmente.

Adelaida era triste, sucia pobre y miserable, tostada, casi reseca. Parecía un chaparro sin dobleces. Nerviosa como una llamarada sin que nunca sesgara su altivez. Nadie le conoció familia a no ser los perros y gatos hambrientos -alrededor de treinta- que convivían con ella en un rancho inmundo frente a mi vieja casona zaraceña. Yo la observaba con miedo o curiosidad, pero siempre con lástima. Se blanqueaba la cara con cal y tenía las muñecas empulseradas con aros de alambre o copetes de envases. Así recorría las calles hablando sola y regresaba a la choza con algo de comer. Nunca pedía nada pero la gente no la dejaba morir de hambre.
No hay duda de que Adelaida llenó un capítulo en la menuda historia de mi pueblo. Jamás se le escucho una palabra soez, pero de tiempo en tiempo llegaba hasta la esquina a hablar mal de algún vecino o transeúnte. Los del barrio decían que el “paso de la luna” le alteraba los nervios y como todos las tenían por loca, nadie le hacía caso. A mí siempre me parecía que gozaba de mucha lucidez.

Aquel rancho miserable se lo derrumbó varias veces el invierno y otras tantas la caridad humana se lo erigía de nuevo, sin recortarle el patio fresco sombreado de árboles. En los últimos años cuando yo iba a mi tierra de vacaciones me acercaba a buscarle conversación dentro de sus linderos y por mi espíritu venteaba un soplo de hondas evocaciones. Cuando muchacho me gustaba saltar la empalizada para robarle las guayabas. Un día me sorprendió. Corrí asustado y al intentar el salto me agarro el pantalón. Temblé de pies a cabeza sin poder soltarme. Tuve pavor cuando se me acercaba. Su voz, áspera siempre, se arremansó de clara ternura maternal para decime: Robar es malo, hijo... Nunca más le tuve miedo ni volví a robarle el fruto de su arboles. Muchos años después le escribí un romance. Su vida, su miseria, su soledad, eran motivo perenne para la poesía.

Hace poco mi madre me trajo la noticia. Adelaida, ya demasiado vieja, fue recluida en el asilo de ancianos. Allí estuvo unos meses hablando sola, mencionado a cada rato el nombre de sus perros y sus gatos. Y murió tranquila, quieta, mansamente. Hacía mucho tiempo que no vendía plegarias ni responsos en el cementerio, porque la gente le fue perdiendo devoción a esa clase de rezos o porque sus años no se lo permitían.

La muerte de Adelaida, una loca cualquiera en un país de más de dos millones de locos de importancia, es un hecho intranscendente, sin ninguna significación nacional. Nacer y vivir y morir en la miseria es de millares de seres en todas las regiones del mundo. Hablar con el hambre es cosa común entre los desposeídos. Pero yo que me acostumbré a la reciente proximidad de su espíritu a su limpio y generoso afecto le dejo estas palabras como un responso de gratitud a la ”vendedora de letanías” cuya sombra pasa por mi recuerdo con amorosa luz... “Ruega señora por nosotros...”
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La serie completa relacionada con los chirenes:

218. De chirenes y vagabundos.
219. “Cabesita de Ajo”.
220. Chirenes clásicos de Bilbao.
222. La loca de Arrikibar.
223. Txomin.
227. A., el clochard del Sagrado Corazón.
228. Madriles.
230. Una “bag lady” chirene.
268. Psiquiatría comunitaria prístina: La vendedora de responsos.

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BIBLIOGRAFIA.


Ernesto Luis Rodríguez. La Vendedora de Responsos. Claraboya, Periódico Independiente del Oriente del Guárico. Zaraza, abril de 1966.






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4 comentarios:

Montemar dijo...

Interesante el perfil del sujeto, Adelaida, que se presenta. Cada época y contexto social tiene los suyos. Una figura inocente que vive en la indigencia y que vive de los servicios que ofrece ( me recuerda a las plañideras) para bien del difunto.

Puede infundir temor y, fíjate,su visión del robo, y el tono que emplea al expresarlo.

Un personaje evocador de reminiscencias humanas.

Interesante y muy humano el asunto.
Gracias, Oscar

Psicología Médica dijo...

Pienso que la mayoría de la personas tienen su primer contacto con la locura en su infancia, cuando ven deambulando por las calles de su barrio algún personaje como Adelaida, "Cabesita de Ajo", El Caballero de París, Las Marias... y pare usted de contar. Y como dice bien Montemar la primera reacción es de miedo, pero luego aparecen otros sentimientos mezclados: compasión, risa... y mucha curiosidad, con interrogantes sin respuestas. Es posible que muchos escogiesemos la psiquiatría como proyecto de vida gracias a estos personajes, que nos marcaron desde muy temprano dejandonos con nuestras intrigas sin responder.
Muy agradecido, Oscar, por tu trabajo. Nos permite revivir ese mundo de historias que llevamos dentro y seguir preguntandonos o indagando sobre estos misterios. Ricardo Castro

Blog salud mental dijo...

Hola Óscar, retomo mis andanzas por los "psiquiblogs" con una visita al tuyo y una enorme sonrisa al leer esta entrañable historia.
Esther.

Oscar Martínez Azumendi dijo...

Hola Esther.

Me alegro de que retomes las "andanzas", ¡ya solo te falta retomar el blog con el resto de colaboradores!. ¡Avísanos cuando lo hagas!.